El día después de dejarte en un nicho a ras de suelo cubierto de flores que nunca quisiste, salí a dar un largo paseo por Córdoba con mi rabino en busca de algo del consuelo espiritual que me es imposible encontrar en nuestra religión, por más que sea la verdadera. Le decía que decías que cada día es más difícil encontrar un cura que crea en Dios, y yo añadía un comunista que sea coherente, un liberal que no mame de las tetas del Estado o un dirigente político, no digo ya que se sacrifique lo más mínimo, sino que se apee unos segundos del tren del privilegio y la vidorra.

La quiebra de las instituciones en España se está manifestando obscenamente en esas gentes miserables que se cuelan para ponerse la vacuna. Es insoportable oír de fondo las excusas que aducen desde el púlpito esas ratas de dos patas, que en vez de desaparecer de la escena siguen hablando como papanatas a un público idiota a sabiendas de que habrá quienes no sólo se conformen, sino que los defiendan. ¿Qué consuelo puede encontrar uno en la Iglesia cuando ve colarse al Obispo? ¿Qué confianza en el ayuntamiento, en la consejería, en la fiscalía o en el ejército, cuando vemos alcaldes, consejeros, un fiscal jefe y al mismo JEMAD saltándose la cola en la que estamos, pacientemente, todos esperando nuestro turno? Todos menos los muertos.

Le decía al rabi que mi sufrimiento, visto desde fuera, es una coordenada más en la matriz del desastre que estamos viviendo; pero que me producía una honda preocupación lo que me veía dentro, que la impotencia y la rabia me empujaban con fuerza a desear que a todos esos mezquinos -a los pardillos que han pillado y a los listos que no sabremos nunca- se les administrara la segunda dosis en la frente con 9 mm de plomo. Nunca he albergado odio en mi interior, pero el lunes siguiente al domingo aquel en que mamá no pudo ni ponerte una flor, sentí como crecía puro y negro en mi corazón un odio denso que clamaba venganza.

Hablamos de la Shoá, y del origen político de la semilla del odio que estábamos viendo brotar, no sólo en aquel momento concreto dentro de mí, sino cada vez en más capas de la sociedad a lo largo y ancho del planeta. Comentamos, presente lo del Capitolio, que cualquier movimiento ciudadano de cierta magnitud, cargado de este odio, en cualquier lugar del mundo puede ser la chispa que encienda el desastre; que no sabemos muy bien qué hacer cuando vemos que el enfrentamiento es la absoluta prioridad de los políticos de todos los partidos sin excepción.

Lo que sí sabemos los dos es que el diálogo opera siempre como exorcista del odio y, entre aquel paseo y esta columna, el mío ha quedado disuelto como un azucarillo. Agradezco profundamente desde aquí a quien -tan indignamente- ocupa el trono de Osio que me haya empujado a buscar consuelo espiritual en la herejía y el judaísmo.

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