La libertad de expresión, además de decir y publicar lo que uno quiere, consiste en tener bastante tolerancia como para soportar lo que dicen los demás, por equivocado, soez o desagradable que sea, y si ofende hasta tornarse absolutamente insoportable para uno como individuo, ahí está la ley que protege el honor, que para ser protegido habría de tenerse, pero no: se nos supone a todos, como en la mili. Es una libertad mediata a la de pensamiento y si bien la antecesora es absoluta e ilimitada -si hay instrucción y deseo de pensar-, la sucesora sólo debe de tener, repito, el límite a posteriori de la ofensa grave a individuos concretos, lo que nunca debería equipararse a un colectivo, como ya viene siendo más que costumbre, vicio.

Dicho de otra manera, creo firmemente en el derecho de cualquiera a decir públicamente que tal o cual asunto tiene su mejor solución fusilando a veintiséis millones de hijos de puta; lo que pasa es que, según parece, tan edificante opinión no se ha vertido en público, sino en la privacidad de un grupo de wasap, y esto es muy grave por dos razones: no hay derecho a que se vea violada la privacidad de las comunicaciones de un grupo de ¿venerables? jubilados, y es una vergüenza que alguien que ha tenido mando en el ejército español no tenga los cojones de dar la cara al expresar sus propuestas de mejora. Como aquí según estos tipos lo que está sobre la mesa es la patria, el honor y el valor -medido en pares de cojones, que es lo ortodoxo-, vamos a cuestionar su ejecutoria como parte de la XIX promoción de la Academia General del Aire, donde seguro que están muy orgullosos de estos pupilos. La primera cuestión sería saber dónde estaba su amor a la patria indivisible cuando España abandonó a su suerte a la provincia del Sáhara español, al-?a?ra? al-?isbaniyya, dónde quedó la camaradería con sus hermanos musulmachos de la guardia mora, dónde el valor del que ahora alardean.

Con Hassan II no hubo huevos, ni los hay ahora con Mohamed VI. Antes de ser impotentes hubo una época en la que los tenían pegados al culo como los tigres, y el sable en todo lo alto: los ochenta, años de plomo. Un momento ideal para haberle echado cojones y haber puesto algo de profesionalidad y eficiencia a lo de limpiarle el forro a los etarras, chapuza que había dejado el Estado en manos de cocainómanos y putañeros; pero no, resulta que entonces muchos de los del chat de marras estaban en Iberia, todo por la pasta, y al carajo la patria.

Concluyendo, nada de sables; una conversación privada desvelada que nos brinda el lamentable quejío de sus inflamadas próstatas goteando la bragueta. Yo si fuera el gobierno les pasaba un sicotécnico para retirarles la reglamentaria, no vaya a ser que de la vergüenza le venga a alguno un ataque de dignidad y se levante la tapa de los sesos.

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