EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Hay películas malas que tienen metrajes con topicazos, escenas tipo, argumentos tipo, personajes tipo. Uno de ellos es el de la rubia peligrosa, otro podría ser el de la rubia tonta. La realidad nos castiga, ironías del sexismo, con la estelar aparición de dos rubios (en lugar de ellas, ellos) peligrosos. Y tontos.

Al otro lado del Atlántico, el Congreso de los Estados Unidos ha iniciado el difícil proceso de impeachment contra Trump, ese hombre. Uno puede tener la idea que quiera de este individuo, sobre su megalomanía, sobre el enorme vacío intelectual que sustenta su errático proceder, sobre el dañino efecto de su ideología proteccionista, sobre sus antipáticas formas o sobre su pelo. Pero hay algo objetivo: Trump es poco fiable. La historia política de los Estados Unidos está plagada de presidentes poco comprendidos en nuestro continente. La corriente electoral norteamericana, que inviste de un poder enorme a un solo hombre, y los caminos que estas personas transitan hasta llegar al cargo y cómo lo ejercen, no siempre se entiende bien. Pero justo por eso, porque el poder de los presidentes estadounidenses es muy elevado, la propia política americana destroza a quienes se apartan de su máxima más elemental: la fiabilidad del presidente. Temen enfrentarse a una pregunta: ¿a quién tenemos al mando, a un tipo extraño o a un imbécil? Por supuesto, que prefieren no llegar a ese extremo y que el Despacho Oval lo ocupe alguien brillante, pero llegado el caso, no perdonan que sea UN imbécil. Este proceso, que no culminará con su destitución, salvo sorpresa, lo señalará como tal y puede que 2020 nos traiga el regalo de que pase a la esquina de la historia sin honor.

Más cerca, un ejemplo de democracia mucho más comprensible para nosotros, viejos europeos, ha dinamitado el intento endiablado de acallar al Parlamento más vibrante que conozco. Gran Bretaña encara un mes crucial. La estúpida decisión de abandonar la Unión Europea, de imposible cumplimiento sin daños brutales, está triturando su vida pública. Su todavía Primer Ministro ha sufrido un varapalo tan enorme, con la reapertura de la Casa de los Comunes, que cada día que mantiene el cargo tras la sentencia del Supremo británico mancha la historia democrática británica. Allí, la gente con honor dimitía. Este histrión de la división no se irá ni con agua caliente y nos condenará a una ruina de dimensiones épicas, más a su pueblo. La democracia británica, con su efectiva división de poderes, ha sido ágil y sólida, impidiendo la agresión, pero debe ser además audaz, promoviendo una censura patriótica y práctica que lo despeje de su ecuación. Ojalá revoquen la salida, pero, de cualquier forma, tienen que revocar la locura.

Dos patas para un banco que se rompe vertiginosamente. Dos rubios peligrosos. Hace falta, urgentemente, un buen tinte.

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