Paisaje urbano

Rubi & Geri

En el estadio volví a sentir una sensación, por vivida, nada extraña: "Así, así, así gana el Madrid".

La noche del pasado domingo en el estadio, cuando el árbitro no quiso pitar la falta clamorosa para no tener que expulsar al jugador del Real Madrid, la reacción indignada el personal no dejaba de tener un aire antiguo, como el que está viendo un episodio mil veces repetido, al menos, hasta donde mi memoria alcanza, desde aquel gol de Breitner a Superpaco. Una sensación, por vivida, nada extraña (así, así, así gana el Madrid…) desde nuestra más tierna infancia. Nada que monseñor Butragueño, manos entrelazadas y mirada azul al infinito, no pueda neutralizar, para que después en las ondas de la noche los periodistas de la capital le den la vuelta a la cosa, qué arte, hasta convertir al atracador en atracado.

Pocas horas después, un diario digital saca a la luz unas conversaciones privadas mantenidas entre el presidente de la Federación Española de Fútbol y un afamado jugador del Barcelona, todavía en activo, en las que charlan de equipos, de clasificaciones y sobre todo de dinero, a cuenta de la celebración de la supercopa en Arabia Saudí, y en las que con el mayor descaro sugieren las preferencias de unos equipos sobre otros para jugarla. Si lo primero siempre lo hemos admitido con resignación, y en cierta forma encaja en dentro de esa concepción del fútbol cada vez más cercana al negocio que a otra cosa, esto de Rubi y Geri (así se hacen llamar ellos respectivamente) supone un salto cualitativo de tal magnitud que pone en evidencia las sospechas sobre los intentos por interferir en la competición, superponiendo los intereses económicos a los deportivos, sin que hasta el momento nadie con cierta relevancia haya dicho absolutamente nada al respecto.

Hace pocos meses, el todopoderoso Florentino lanzó al aire como si tal cosa su idea de una superliga a lo NBA con ciertos equipos con plaza fija y algunos privilegiados como invitados. Entonces la mayoría, con las federaciones al frente, mostraron con vehemencia su rechazo, pero estos movimientos nos llevan a intuir que el mandatario madrileño no va demasiado descaminado, y tantos que ahora callan pero cobran sus buenos sueldos en los gobiernos de los clubes no son más que mediocres cooperadores necesarios en la progresiva destrucción del fútbol como siempre lo hemos conocido. Y veremos a ver si en un tiempo no tan lejano hasta recordamos con melancolía aquellos mangazos que, al menos, no han dejado de formar parte de nuestra cultura como aficionados.

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