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Retorno al pasado

Con cientos de cadenas, uno acaba pensando que si aquella televisión nos hace sonreír, la de ahora nos da ganas de llorar

Allá por los sesenta, cuando España estaba inmersa en lo que se ha llamado el desarrollismo, asistimos a la llegada del seiscientos, la lavadora, el frigorífico y la española fregona, entre otros inventos que ahora parecen estar de toda la vida, aunque no sea así. El acceso al coche, hasta entonces solo al alcance de las clases altas y con chófer incluido, supuso un cambio de hábitos en muchas familias modestas que pasaban ya a ser esclavos de por vida de semejante artefacto. Las neveras enfriaban los alimentos gracias a la barra de nieve colocada en su parte superior y el agua que chorreaba se recogía en un depósito para dispensarse a través de un grifo y ser bebida como alternativa moderna al búcaro. Ahora: ningún adelanto equiparable a la fregona. Eso sí que fue progreso. Hasta entonces, las mujeres -¡jamás vi a un hombre!- limpiaban de rodillas sobre unas pequeñas tarimas de madera, dando primero jabón verde con un estropajo de cáñamo y luego enjuagando y secando con una aljofifa.

Junto a estos elementos de progreso llegó la televisión. En blanco y negro durante años, fue todo un acontecimiento que amenazaba con acabar con la radio y la prensa escrita. Muchos fueron los que se enriquecieron vendiendo tan novedosos aparatos a dita y por todas las ciudades proliferaron las denominadas tiendas de electrodomésticos. La televisión, decían, había servido para unir a las familias y había quitado a muchos hombres de la taberna para tenerlos recogidos en casa. Aparecieron los denominados tele clubes, los bares que se preciaran debían tener un televisor permanentemente encendido a la vista del cliente y los escaparates de las tiendas se llenaban de mirones mientras se retransmitía una corrida de toros o un partido de fútbol, por supuesto del Real Madrid, que en eso España no ha cambiado nada.

Esa televisión que al recordarla nos hace sonreír tenía espacios como A toda plana, en el que podían verse entrevistas a Borges, Dalí o Pla. Estudio Uno, los miércoles, con obras de Buero, Chéjov o Wilde. Programas de variedades en los que José María Íñigo alternaba entrevistas con actuaciones de Iva Zanicchi, Doménico Modugno, Los Chalchaleros, Atahualpa Yupanqui, Facundo Cabral, Los Calchaquis… Ahora que se tiene la posibilidad de elegir entre cientos de cadenas, uno acaba pensando que si aquella televisión nos hace sonreír, la de ahora nos da ganas de llorar.

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