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Realismo

Todo el debate está polarizado por la crisis catalana, hasta el punto de que toda la actividad política se ha paralizado

Cualquiera que posea un mínimo sentido de la realidad sabe que hay problemas muy graves que nos afectan a todos. La sequía, por ejemplo, que puede arruinar en muy poco tiempo -si el dios de las lluvias no lo remedia- tanto la agricultura como el turismo, dos de nuestras actividades económicas más importantes. O las pensiones, que se están quedando sin fondos con que pagarlas. O la crisis educativa que hace posible que muchos escolares no entiendan un texto muy sencillo. O los elevadísimos precios de la electricidad, que suben siempre -llueva o no, haga frío o haga calor- y que condenan a mucha gente a vivir en condiciones infrahumanas. O los precios de los alquileres, que están condenando a muchos jóvenes -y no tan jóvenes- a vivir como eternos estudiantones instalados en la provisionalidad. Por no hablar de la precariedad laboral y de los salarios ridículos y de los contratos por horas o minutos. O de la preocupante tendencia a la irracionalidad que se ha instalado entre muchos de nosotros, gente cultivada que desprecia las vacunas y se inclina por terapias alternativas que no son más que un fraude.

Y podríamos seguir y seguir. Todos esos problemas son importantísimos y tienen un efecto inmediato en el bienestar de muchos de nosotros, pero son problemas que apenas existen ni se tienen en cuenta. Ahora mismo todo el debate está polarizado por la crisis catalana, hasta el punto de que toda la actividad política parece haberse paralizado, y no sólo en Madrid sino en cualquiera de las autonomías. ¿Qué reformas se han aprobado aquí, en Andalucía? ¿Qué propuestas se han hecho para mejorar la vida de los ciudadanos? Pocas, poquísimas. O más bien ninguna.

El realismo tiene mala prensa. Y de la misma manera que muy pocos artistas quieren que se les llame realistas -porque eso los convierte en algo así como cazurros con boina-, muy pocos políticos se atreven a enfrentarse a cuestiones que podrían resolverse con diálogo y con inteligencia. Para ellos es mejor hablar de cosas muy alejadas de la realidad -la reforma constitucional, la plurinacionalidad-, en vez de intentar solventar problemas que están destrozando la vida de mucha gente. Y así seguiremos, instalados en la zona de confort que nos permite olvidarnos de todo lo que en verdad preocupa a la gente. Tan lejos del realismo. Y tan cerca de la política ficción.

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