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Londres es una de mis ciudades. Es dinámica, vibrante, inclusiva. Y una delicia. Londres es, desde hace mucho, una ventana abierta al aire fresco de la vanguardia y, al mismo tiempo, una ancha puerta para el disfrute de la tradición sin complejos. El moderno contracultural de Camden es tan poco bicho raro como el clásico reinterpretado de Savile Row y ambos conviven fácil en el Serpentine de Hyde Park.

En esa ciudad, en parte mía, una sacudida repentina, una más, ha vuelto a golpearnos. Un tipo condenado por un fallido complot terrorista que disfrutaba de un régimen de libertad vigilada salió de una actividad de rehabilitación y, sin que nada lo hiciera presagiar, atacó a quienes se encontró en la calle, cruzando parte del London Bridge con las mismas malas entrañas. Murieron un hombre y una mujer; otros varios fueron heridos. Un cuchillo. Los propios londinenses, que pueden ser de cualquier parte porque allí no importa, contuvieron al asesino, y cuando llegó la policía lo abatió. En el puente.

Ya no conmociona tanto. Este terrorismo nuevo de machete y locura, que molesta a Dios para matar en su nombre, parece importar más si la barbaridad es tremenda, con muchos muertos, con mucha parafernalia, o muy cercana, ¡como si una decena de heridos y tres muertos, con el asesino, no fueran una barbaridad en sí misma! Nos hemos acostumbrado, tristemente, a una intensidad "razonable" de terrorismo aislado, de elementos incontrolados; nos hemos acostumbrado a que sean incontrolables. Asumimos que el sistema no puede controlar todos los sucesos y menos aquellos que protagonicen cuatro locos en solitario. Y queda, en el mejor de los casos, el orgullo (baldío) de la valentía anónima y el debate (estéril) de la adecuación de la actuación policial. Y, siempre, el estremecimiento.

No debería repetir aquí cuál es mi posición al respecto del terrorismo islámico. Creo que su base religiosa es un ardid para enviar a la muerte a unos desalmados estúpidos, aunque los desalmados listos sean esos mandamases que renuncian, generosos hijos de la gran puta, a los beneficios del martirio. Creo que es la aversión a la libertad lo que les mueve. Si no odiaran así y no temieran su propia libertad, el aire frío y la lluvia insistente, tocarían, amables, sus caras y sus ojos abiertos verían a Marco, un romano que trabaja en Queensway, o a Yannis, un griego que surca los mares para atracar siempre en Southbank, o a James, vigilante en Harrods, o con Sadiq, su alcalde, o a nosotros, a mi familia, paseando con calma.

En el Puente de Londres andamos todos porque somos libres, aunque alimente su odio; porque lo que no pueden es ganar, dándonos miedo. Que solo nos den asco. Tenemos que seguir cruzando el puente cuando queramos. Y o se apartan o que solo les quede el final.

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