Les prometí apartar el foco del desastre y el miedo que nos inyectan y centrarme en esos pequeños placeres irrenunciables para cualquier persona civilizada. Y aquí me tienen, el día de Santa Clara escribiendo en un balcón con vistas, con la retruc del negre cargada de Marlin Flake -sí, miarma, he vuelto, sólo en pipa- mientras en el fogón, al mínimo, sudan los tomates sobre un fondo de ajo y cebolla ya transparente, esperando la abundante albahaca, el parmesano y un golpe de pimienta negra que culminen el pesto rojo que va a deleitar a mi tribu enarenada cuando vuelvan, previo enjuague, y tras el preceptivo vermú que marca las horas de este tiempo verdadero. Es éste, por si no lo sabían ya, el mejor de los pequeños placeres que la vida brinda a un hombre: cocinar para la esposa y los hijos, para la madre, para los que vienen, para los que pasan, para los amigos e incluso para la suegra.

Nos ofrece la RAE tres acepciones para el término; uno, goce o disfrute físico o espiritual producido por la realización o la percepción de algo que gusta o se considera bueno; dos, diversión, entretenimiento; y tres -dicen los académicos que en desuso-, voluntad, consentimiento, beneplácito. Podría comprenderse como dos estratos separados de distinta profundidad, uno -más profundo- vinculado al concepto de bondad subjetiva, sea percibida, o por la vía de los hechos, sea en el plano terrenal o el espiritual; y otro -más superficial- de enfoque digamos más hedonista e insustancial; cierra la definición la idea de voluntad: sólo hay placer si me place. Pienso sobre si trocear la definición conceptualmente es un error que aleja el concepto de placer del humanismo, dejando la puerta abierta a la idea de diversión y entretenimiento sin bondad y sin voluntad de goce, sin ese beneplácito -del latín bene, bien, y placere, gustar- que nos empuja a algunos a hacer lo que nos gusta, tanto que, con mucho esfuerzo, a veces conseguimos que nos guste lo que hacemos y, si no, conservamos la capacidad de mandarlo al carajo.

El concepto unido en sus tres dimensiones y vinculado al individuo como sujeto de la libertad -entendida ésta como el derecho a decidir cada cual autónomamente en las cuestiones esenciales de su vida, asumiendo ante la sociedad la responsabilidad de las consecuencias de sus actos- se presenta más sólido ante los nuevos reaccionarios y su neobeaterío legislativo que atenta BOE tras BOE contra la libertad individual, y de tanto en tanto, contra la propia Constitución. Si les place, gocen.

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