Adivinar lo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno no es suficiente. Volver es, primero, una decisión. Y la vuelta es, después, una consecuencia. Y todo es un proceso.

Creo que bien podría haberme quedado. Cualquier sitio merecería la pena, seguro, como alternativa para seguir buscando, en un viaje de esos que no terminan nunca. De los que te levantas temprano y escribes, desayunas con huevo duro y sales a patear algún descubrimiento nuevo. De los que te enredan en un conteo de pasos donde aparece un castillo, o una catedral, o una calle estrecha con un punto de luz mágica para conservar en una foto hecha a la contra, salpicada la imagen de gotitas de sol. De los que avanzan mañanas de revueltas y caminatas, de otros barrios, de otras casas, de otras caras. De los que paran para la fonda y, en el fondo, la esperan para aprender del mundo también en un plato. De vinos distintos. De cervezas de colores. De cafés sorprendidos por compartirse con dulces, no hace tanto inexistentes. De digestiones ayudadas. De carreteras cortas hacia una siesta decente. De arenas que no queman y mares que enfrían. De viento que, aunque sople fuerte, siempre es brisa. De caer las tardes, de llegar las noches, y verlo. De una copa de vino más. De más escrito. De cenas de queso, jamón y aceitunas. De sentarse a tu lado. De dormir a pierna suelta. De volver a empezar, queriendo, al día siguiente.

Pero atropella el regreso. Porque no tengo más remedio, o eso es lo que creo. Porque me enseñaron a distinguir devociones y obligaciones. Porque cuesta mantenerse fantástico con las miserias propias (que esas no se van y, porque no se van, no vuelven, están) y procurar domarlas. Porque se espera que uno se ponga estupendo (desquiciado, pero ya acostumbrado), perdido entre los espejos cóncavos de los callejones del gato que este trocito de nada (con lo poco que es, lo poco que importa y lo poco que ofrece) nos regale otra vez con algún protagonista infumable. Porque habrá que contar cómo sigue el país de Nunca Jamás en el reino de Peter Pan. Porque habrá que decir cómo se atraganta de capitanes Garfio el resto del mundo obsceno. Porque, a su pesar y el mío, algunas veces puedo ayudar y otras puedo reír (y, si pasa, es maravilloso). Porque tiene que haber más sudor y menos nicotina. Porque quizás distraiga algún vino razonable. Porque, en ocasiones, igual podré ser yo.

Por todo eso tomo la decisión de volver. Inequívoca. Meditada y valiente. Para que la consecuencia se aproxime cada vez más a una condición definitiva. Como sé que es un proceso, comprendo que es cuestión de días, sucesiones ordenadas de veinticuatro horas. Sumados, bien calibrados, con perspectiva, son solo un abrir y cerrar de ojos: un parpadeo. Trescientos treinta, en concreto, desde hoy y hasta que, por fin, vuelva. Y, mientras, como siempre, ya van dieciséis veces, si se quiere, nos leemos.

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