En tránsito

Parkis e hijo

Han sido los miles y miles de anónimos Parkis que viven entre nosotros los que nos han salvado del abismo

El detective Parkis es un personaje secundario de la novela El final del affaire, de Graham Greene. Cuando el editor de Libros del Asteroide me propuso hacer una nueva traducción de la novela, pensé que no iba a conectar con los gustos del público -sobre todo por la temática religiosa-, pero resulta que la novela se ha vendido muy bien y va por la quinta o la sexta edición. De todos modos, eso no es lo que importa. Lo que importa es el detective Parkis, el leal, modesto y testarudo Parkis, uno de los grandes personajes de la literatura de todos los tiempos. Parkis tiene nombre de pila, pero como es un subalterno que vive a las órdenes de los demás, nadie le llama jamás por su nombre. Es Parkis, y nada más. Parkis es viudo porque su mujer murió muy joven. Parkis aún es joven y podría haberse casado de nuevo, pero no quiere hacerlo porque se niega a romper el vínculo que le une a su esposa muerta. Parkis tiene un hijo de once años. El hijo admira al padre y quiere seguir el mismo oficio de detective. Parkis ama a su hijo, y el hijo lo sabe.

Parkis sabe que nunca pasará de secundario ni de subalterno, pero él hace su trabajo con orgullo y con dedicación, y aunque no es especialmente brillante, tampoco es tonto y sabe cumplir a rajatabla con su deber (su hijo está muy orgulloso de su padre). Por supuesto, Parkis sabe que no le importa a nadie y que la gente se burla de él a sus espaldas -ese viudo ridículo, ese detective patoso que va a todas partes con un niño-, pero a él le da igual. Se aferra a su orgullo profesional igual que se aferra al recuerdo imborrable de su esposa muerta, y para él eso es lo único que cuenta. Eso, y el amor de su hijo.

Estos días me acuerdo mucho de Parkis y de su hijo. Leo las trapacerías del Rey emérito, veo los vergonzosos montajes propagandísticos de este gobierno incompetente, oigo a los famosillos buscando sus segundos de gloria, y pienso en el leal Parkis caminando por la calle de la mano de su hijo. Nadie le agradecerá lo que hace, nadie le prestará atención, nadie lo llamará jamás por su nombre de pila, pero gracias a que Parkis no desfallece jamás y hace cada día su trabajo lo mejor que puede, este mundo no se ha ido al infierno desde hace ya mucho tiempo. Porque han sido los Parkis de este mundo, los miles y miles de anónimos Parkis que viven entre nosotros, los que nos han salvado del abismo durante esta pandemia.

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