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La colmena

Magdalena Trillo

mtrillo@grupojoly.com

¡Pan de verdad!

En Sommaroy han lanzado una campaña para detener el tiempo: para qué un reloj en una isla donde no se pone el sol

Voy a tener la osadía de matizar a Bauman: no es la "vida líquida" lo que nos define sino la vida "hueca". Sin sustancia y sin consistencia. Como los trampantojos que nos venden recién horneados evocando la magdalena de Proust. Lo llaman pan: dos barras por un euro; cuatro galleguitos por unos céntimos más. Integrales, artesanos, de masa madre. Brillan como las manzanas rojas de Blancanieves; hasta crujen. Luego llega la decepción: se doblan como los churros de la piscina y llegan a casa pétreos, hueros y disecados. No aguantan ni un asalto.

El pan de pueblo duraba una semana. ¡Y más! Lo escribo en pasado porque también aquí nos hemos modernizado: ya hay pan malo en todas partes. Una de las imágenes más crípticas que guardo de mi niñez es ver a mi abuelo esconderse en la despensa, sumergir un mingo de pan candeal en una orza gigante de aceite, empaparlo bien durante unas horas... ¡y a zampar! Así en plan ligero, con unas aceitunillas partidas y unas tiras de bacalá... No sé si el pan engorda o es un mito más de nuestra premeditadamente acomplejada sociedad, pero en su caso era evidente -lo he comprendido mucho después con los sustos de la edad- que tentaba a la suerte con una receta tan endiablada como irresistible. Mi abuela se enfadaba; mi madre le ayudaba cómplice... y él era feliz.

Los paisajes auténticos, justo ese ingrediente secreto que ahora queremos recuperar con la nueva normativa del pan, se han ido perdiendo de la literatura, de los periódicos y hasta de los álbumes de fotos que durante décadas han ejercido de testigos improvisados del escurridizo progreso. Imágenes postizas, frívolas y volátiles que retratan espacios de cartón piedra igual de artificiosos, líquidos y vacuos.

Tiene mucho que ver el pan light con el hombre light de Enrique Rojas. Comida sin calorías, azúcar sin glucosa, tabaco sin nicotina, café sin cafeína... pan sin miga. Una vida sin rumbo y sin sustancia. No sé si un 1 de julio, vacaciones para unos y cuenta atrás para otros, es momento de ponerse trascendental. Diré en mi defensa que ha sido el Gobierno el que ha decidido empezar a poner orden en el pantanoso mundo de las harinas justo en la operación salida y aplaudiré, para compensar, la iniciativa de los 350 vecinos de Sommaroy de declarar "libre de horarios" a este pequeño municipio noruego situado justo al norte del círculo polar ártico. Su campaña se llama "detengamos el tiempo" y planean enterrar relojes, fechas límite y norma absurdas en una isla con hasta 69 días con sol de medianoche... Un "lujo", sí. Casi tanto como comer pan de verdad.

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