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Me da la impresión que aunque la Semana Santa de aquí haya alcanzado este año, según parece, un jalón en su historia, llevando la carrera oficial a la Mezquita, alguien se ha pasado de frenada, poniendo difícil ver en persona el acontecimiento. Mucho palco, mucha silla, poco sitio en el gallinero, que es la calle. A ver, que haya palcos para sentarse y ver las procesiones con comodidad me parece excelente. También que con eso se gane dinero, que se haga negocio honradamente con un evento festivo, que saca mucha gente fuera y que convoca a muchos de fuera aquí adentro. Hasta ahí, fenómeno. Pero recuerdo de chico los palcos y las sillas en las Tendillas y en la calle Nueva y no comparto la imagen que nos acompaña desde hace unos cuantos: sillas y palcos, sí, como de costumbre, y parapetos enormes que impiden la visión de los que, por elección o por necesidad, no compran sitios de paso sentados. Eso también. Para colmo, Mezquita y Semana Santa pero, sin silla de pago, complicado que veas pasos en el Patio de los Naranjos o en las calles aledañas, porque el tránsito se restringe, el acceso también, la permanencia se impide, y casi que respirar muy profundo. Por supuesto, y aquí nada opongo porque, al fin y al cabo, la Mezquita es templo católico, por dentro, ni sillas ni fieles observadores o curiosos inquietos en pie.

No sé muy bien si este tema de las sillas es cosa del Ayuntamiento o de la Agrupación de Cofradías, ente que asume un poder fáctico muy relevante estos días. Comprendo que preserva intereses económicos al respecto y entiendo que prestan un servicio práctico para muchos, pero lo que se paga es comodidad, no exclusividad. No puede ser el peiperviú de la religiosidad popular.

Soy consciente, claro, de que la cantidad de personas que disfruta en la calle de su fervor o que simplemente se relaje mientras, además, ve las procesiones, sin otro sentido que el visual y estético, es un reto de seguridad y movilidad muy importante para las autoridades, pero la solución limitativa, muy limitativa en el entorno de la Mezquita, de paso y deambulación, es poco adecuada. Objetivamente, si la carrera oficial en la Mezquita va a dificultar el disfrute general para garantizar la admiración de su belleza solo para unos cuantos, mejor prescindir de la oficialidad y dejarlo solo en carrera: calle normal y corriente que, como muchas otras de la ciudad, se transforma para acoger por un rato la expresión religiosa, cultural o artística, cada cual que elija a su conveniencia, de muchas personas entregadas.

Digo yo que los de aquí o los que vienen de paso no saldrán a llenar las calles para contemplar deleitados la belleza y la bondad que trasmiten los palcos y las sillas. En fin, por si acaso, no estorbaré, y, para todos, ya por recogimiento o esparcimiento, venga el gozo.

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