La tribuna

antonio Montero Alcaide

Pacto o acordar lo imprescindible

PREGUNTARSE qué será de la educación en España, con la perspectiva de un quinquenio, puede parecer hasta dilatorio cuando antes habría que hacerlo por lo que suceda a la vuelta del verano si da en formarse un nuevo Gobierno y el mantra del pacto educativo tiene alguna materialización tangible. Pero la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), con la colaboración de la Comisión Nacional Española de Cooperación con la Unesco y del BBVA, ha auspiciado y publicado un informe con un título prospectivo: La educación en España: el horizonte 2020. En el que se recoge la opinión y el parecer de casi doscientos profesionales de la educación, sobre distintos ámbitos que caracterizan el sistema educativo y aluden al desarrollo del ejercicio docente. Con una conclusión general sostenida en tres perspectivas desesperanzadas: no parece previsible un incremento presupuestario destinado a la educación, tampoco se espera que mejore el nivel de exigencia ni la imagen de los profesionales ante la ausencia de estímulos y de reconocimientos, y, como ya es reiterado, no se confía en la posibilidad de un pacto social y político que dé estabilidad al sistema educativo y lo ponga a resguardo de la alternancia y de la confrontación políticas. Ante pronóstico tan agorero, el informe deja un resquicio para el cambio, sostenido en la vitalidad del "campo educativo", en una crítica más dada al dinamismo y a la transformación que a la inercia, y en una "realidad social que cuestiona, interpela y rechaza la parálisis institucional".

Pues bien, hojas de ruta para un pacto educativo, con auténtica entidad, se han trazado pocas, y el profesor José Antonio Marina, tras el apremio por componer un libro blanco contra reloj del tiempo político, sostiene o propone -más propio es lo segundo- que, convertida la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (Lomce, 2013) en una "ley de transición" -¿lo será solo la ley?- se mantenga en vigor hasta disponer de una nueva ley de educación, elaborada por consenso, que pueda extenderse al menos el tiempo de una generación. A tal efecto, indica que los partidos políticos deben comprometerse a alcanzar un pacto por la educación en seis meses, y no es cuestión de presumir ingenuidad sino de instar a la tarea sin más demoras, aunque el filósofo Marina no debe ser ajeno al conocimiento de la realidad y al sentido del obrar humano. En el meollo del pacto se apuntan, asimismo, dos dialécticas -por decirlo mejor que con controversias-: una es la que afecta a la calidad y la equidad, y otra la advertida entre el derecho a la educación y la libertad de enseñanza. Ciertamente, estas son cuestiones fundamentales, pero César Coll, otro profesor de referencia en el diseño y desarrollo de la Ley de Ordenación General del Sistema Educativo (Logse, 1990), alude, con la perspectiva de las enseñanzas que debe procurar el sistema educativo y el acuerdo en torno a las mismas, a las diferencias entre el "conocimiento básico imprescindible" y el "conocimiento básico deseable". El primero, por su naturaleza indispensable para el desenvolvimiento personal y social de los educandos, no debería generar desacuerdos, y convenir su carácter resultaría una experiencia satisfactoria para avanzar en el susodicho pacto educativo. Mientras que el conocimiento básico deseable podría acoger una mayor diversidad de opciones o responder a enfoques diferentes. Ante determinado cuestionamiento del "retorno a lo básico", no se entienda lo imprescindible como "leer, escribir y operar con las cuatro reglas", sino como las competencias que facultan para resolver problemas y situaciones complejas pero propias de la vida cotidiana.

Otra dialéctica apuntada por Marina alude a la mayor amplitud del "éxito educativo" con respecto al "éxito escolar", y señala que la situación socioeconómica explica al menos el 50% del desempeño educativo. Evidencia controvertida esta porque los informes nacionales e internacionales de evaluación, referidos a nuestro sistema educativo, llevan tiempo anunciando que la variación de los resultados de los alumnos se debe, en bastante mayor medida, a lo que ocurre en el centro en el que están que al índice socioeconómico y cultural de procedencia. Incluso las diferencias más relevantes no se producen "intercentros" (entre centros distintos), sino "intracentros" (en el propio centro), y se explican por factores diversos, dos de los cuales son notorios y por este orden: el desarrollo de las prácticas docentes y el ejercicio de la dirección de los centros. Esto es, los efectos del "valor añadido" como contribución particular y singular de cada centro a la mejora de sus resultados educativos, en función de las condiciones de partida.

En fin, sea en cinco años o a la vuelta del verano, en el horizonte educativo no se despeja la bruma y a falta de pacto bueno sería ponerse de acuerdo sobre lo imprescindible y así abrir la hoja de ruta.

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