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Le han llovido palos a la Junta de Andalucía tras el último informe PISA. El estudio, como de costumbre, da malas notas a los alumnos andaluces de 15 años; últimos o penúltimos de España en compresión lectora, matemáticas y ciencias. Hemos asistido a un festival de excusas del Gobierno regional, amparado en el analfabetismo histórico o criterios arbitrarios en la selección de los centros. Pero los expertos no han sido tan benévolos. El viernes, en la Tribuna de este diario, el profesor Javier Merchán criticaba el escaso conocimiento en la materia de los consejeros del ramo, incluida la actual titular; la ausencia de una verdadera política educativa, la exigua inversión por alumno, la autocomplacencia de los burócratas de la Consejería y su falta de diálogo.

La investigadora de la Universidad de Cádiz Gloria Espigado elaboró hace años una estadística provincial de 1877 en la que Málaga, Almería y Granada estaban entre las cuatro provincias españolas con más analfabetismo, por encima del 80%. Y de las ocho, sólo Cádiz se situaba por encima de la media nacional. De acuerdo, pero ya son abuelos algunos jóvenes que estaban en colegios o institutos cuando el PSOE llegó al poder regional en 1982. La principal herencia recibida es la propia. Se han hecho cosas mal. Se ha perdido el hábito de estudio; se ha bajado el nivel de exigencia, incluso se llegó a proponer un plan de calidad con un plus por aumentar los aprobados; los cursos de formación del profesorado son calificados por los profesionales de "lamentables" o "desastrosos"; hay alumnos que pasan de curso con suspensos, por edad o por programas de diversificación. Nadie se salva: se generalizan los horarios continuados de mañana para comodidad de los profesores; hay padres que proponen huelgas de deberes…

Y hay evasivas nacionales: comunidades que no quieren reválidas, ¡porque estresan a alumnos y familias! Pero el Estado debe controlar que centros concertados, privados o de autonomías en rebeldía con la Constitución cumplen estándares comunes. A la Junta no le gustan los itinerarios a partir de secundaria, con pasarelas para subir o bajar de nivel, que funcionan bien en Alemania. Esos trayectos rescatarían a los más rezagados, que llegan a la ESO sin saber leer y escribir, como sostiene el profesor Pedro Ruiz Morcillo. Y también seleccionarían a los mejores para la educación superior, lo que paliaría la burbuja académica que ha convertido a las universidades en centros de formación profesional. España entrega miles de títulos universitarios al año sin utilidad laboral y tiene una notable falta de graduados de Formación Profesional. Y nadie lo resuelve.

Mientras, los responsables prefieren la retórica a la autocrítica. Un consejero de la Junta, antiguo rector de la Universidad de Sevilla, ha descalificado el estudio PISA por falta de rigor científico. Menos mal. Con más rigor en vez de pisar el prestigio de la educación regional, la habría aplastado.

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