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Cambio de sentido

Operación triunfo

Éste es el mensaje de los 'talent shows': si quieres triunfar, tolera que tu superior se ponga borde contigo

Cada cierto tiempo, vuelvo a los periódicos que apilo en el suelo de mi estudio para sacar esta página desde la que les escribo y adjuntarla a mis papeleos. Disfruto ese momento: releo los textos de mis compañeros, me interno en las ilustraciones de Rosell o charlo con la foto de quien firma la tribuna. Al tirar del pliego, también se viene conmigo la sección Televisión, con sus novedades y la columna de Francisco Andrés Gallardo, y ahí es cuando alucino en HD. Como no tengo tele -no es por esnobismo, es por pereza-, cuando me entero de lo que pasa dentro de ese trasto, o la veo un rato en otra casa, me extasío. ¿Se pueden creer que todavía existe OT? Pues bien, me entero por las páginas de este su diario que los concursantes de OT se han rebelado. Por lo visto, los alumnos (así llaman a los concursantes) no pueden recogerse antes de las diez y media de la noche porque hasta esa hora les toca seguir haciendo el cocacola para sus fans en el canal 24 horas. Los concursantes se amotinaron y, entonces, la directora les echó públicamente una sonora bronca en la que les llamó mamarrachos y poco menos que mamones.

Ya sabemos que los talent shows de cocinillas, caricatos y niñas tonadilleras son una versión posmoderna de la Commedia dell'Arte, con sus arlequines, colombinas y con el Capitán Matamoros, que es la voz de trueno, fanfarrona y cobarde, de los amos. Están ahí para distraernos. Sucede que estos programas, a diferencia de las pantomimas, mezclan en su espectáculo guión y realidad, en una ficción que nos venden como no-ficción. Risto Mejide o el sanedrín de Masterchef representan personajes de poder (llamados vecchi), pero el torpe Polichinela al que abroncan se representa a sí mismo, se cree un poco esta mentira, y traga como peaje para llegar a triunfar algún día en su realidad. Lo peor de todo ello es la normalización de ciertos modos: si quieres triunfar, permite que el baranda se te ponga flamenco y te humille en público. Como ustedes, yo también prefiero estar cogiendo tagarninas a tolerar que un superior confunda su autoridad con faltarme al respeto. Entiendo a quienes no por triunfo sino por mera subsistencia tienen que apretar los puños y bajar la cabeza. A quien jamás voy a entender ni a tolerar es a quien ignora que su autoridad se esfuma cuando aparece el autoritarismo y la chulería. Tampoco a quienes inculcan, tele a través, tal antivalor. No hay mayor fracaso que consentirlo todo a cambio de un triunfo.

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