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Obsolescencia

Donde unos vemos impiedad y servidumbre, otros adivinan un futuro lleno de oportunidades

Puede que el dudoso mandato de la renovación permanente, que tanto excita a los que nos previenen contra el peligro de estancarse, no obedezca sino a la manía de unos cuantos individuos obsesos, hiperactivos y cíclicamente insatisfechos que se han propuesto mantener ocupada a la humanidad con la colaboración de la parte de ella que vive de crear falsas necesidades o de ofrecer servicios prescindibles, un sector ciertamente numeroso y tanto más en la era de las tecnologías. Es este ámbito, de hecho, el que nos ha condenado a estar al día en mil habilidades que hay quien juzga apasionantes. Lo normal es que prefiera uno morir envenenado antes que leer un prospecto, pero todos conocemos a seres extraños, movidos por una curiosidad malsana e insaciable, que pueden pasarse horas investigando las funciones de cualquier dispositivo. No sin resentimiento, entendemos que el mañana les pertenece.

Hay que reinventarse, no se quede usted dormido y si lo hace, aténgase a las consecuencias, es la idea o la amenaza que nos trasladan los fanáticos del dinamismo, concepto clave en el discurso o la religión del emprendimiento. Pasaron los años en los que podía uno estar sin más a lo suyo, ejerciendo honradamente un oficio. Todas las semanas hay revoluciones de las que es obligado no quedar al margen. Quizá no tengamos más remedio que adaptarnos a este ritmo enloquecido, pero nadie puede pedirnos que lo hagamos con gusto o sin considerar que acaso éramos más felices antes de andar corriendo como pollos acéfalos e interconectados, cuando el tiempo iba más despacio y no teníamos tantas actualizaciones pendientes.

La palabra obsolescencia, un cultismo latino fatalmente reintroducido en la lengua corriente, estaba ya en uso a comienzos del siglo pasado, pero se extendió a partir de los cincuenta para designar la caducidad de los productos cuya vida útil ha sido deliberadamente reducida -programada, dice la frase hecha- por los fabricantes no interesados en las mercancías duraderas. Ocurre con la ropa, los automóviles, los ingenios informáticos o los cacharros más o menos domésticos. Luego, por un efecto de cosificación, de los bienes de consumo -valga el oxímoron- habríamos pasado al terreno de los consumidores, que así llaman a las personas los que piensan que estas pueden ser sometidas a reciclaje o agregarse, si ya no son productivas, a la categoría de desechables. De este modo, donde unos vemos impiedad y servidumbre, otros adivinan un futuro lleno de oportunidades. Que se reinventen ellos, no una sino muchas veces, y nos dejen en paz a los que nos hemos acostumbrado a ser tranquilamente.

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