Vista aérea

Noche de Reyes

UNO de los grandes regalos que te proporciona la paternidad es el de regresar al decorado de la infancia. Un decorado que se extiende a todos los rincones de la casa. El frigorífico se alegra con la llegada de los circenses yogures y potitos, cansado de la triste rutina del jamón york y de la demoníaca lechuga. En el tambor de la lavadora ves girar los vitalistas colores de los diminutos calcetines, las camisetas estampadas con dibujos animados, los bodies tatuados de Arco Iris. Del cuarto de baño emanan esos olores que te trasladan a las luminosas mañanas de tu niñez, vestido de domingo, intacta aún la raya del peinado que ha derrocado momentáneamente a la legión de remolinos. Y, sobre todo, de nuevo los juguetes se adueñan de los pasillos y los rincones de tu casa, que no dejan de ser la representación iconográfica y visual más palpable de la infancia. Juguetes que, en los últimos años, han evolucionado de la misma manera que lo han hecho el mundo y nuestro país, convirtiéndose en la plasmación más jocosa de estos tiempos vertiginosos y alocados, a ratos atropellados, que nos ha tocado vivir.

Si hay un día del año en el que el juguete adquiere el gran protagonismo -olvidémonos de las invasiones nórdicas- es el de la festividad de los Reyes Magos. Sus majestades de Oriente, cumpliendo dentro de sus posibilidades -que la subida de los precios también les afecta- las peticiones escritas por los niños en sus cartas, inundan nuestros hogares con millones de juguetes. Pero, claro, Gaspar, Melchor y Baltasar demasiado hacen con repartir los regalos, apurados de tiempo, que una noche no da para tanto, algunas ventanas son complicadas de ascender, los dejan como pueden, tratando de colmar todos los deseos. Entonces, los padres, que queremos que la felicidad de nuestros hijos sea total, nos ponemos a completar la tarea, rescatando a los juguetes de sus cajas, preparándolos para su disfrute. El que es novato, en ese preciso momento descubre que buena parte de los juguetes no vienen tal y como aparecen en las fotografías, no, ojalá. Las motos, las cocinas, un coche teledirigido o una guitarra, cuando escapan de la caja son un rompecabezas de paciente y complicada reconstrucción. Extendidas todas las piezas sobre la mesa del salón, despliegas el manual de instrucciones y empiezas a leer. Nada más comenzar a hacerlo te topas con la rácana sinceridad de los fabricantes: herramientas no incluidas, pilas no incluidas. La primera, en la frente.

Como el asunto de las pilas lo contemplas aún como una circunstancia lejana, te concentras en el montaje - "¿dónde habré guardado el destornillador?"-. Y lees algo parecido a: 6 G, 2 B, 4 H, 8 T y 8 J, tú miras muy fijamente las piezas y te preguntas: "¿en qué se diferencian las T de las J?" Descubiertas o no las diferencias, empiezas a enroscar tuercas y a encajar pestañas en ranuras tal y como te indican unos dibujillos incomprensibles, que son una mezcla entre abstracción y galimatías que jamás terminarán en ningún museo. Tres horas después, la moto o cocina se parece, relativamente, a la de la fotografía, salvo en su decoración, que se adjunta en una enorme pegatina cuyos bordes están mal recortados y que debes separar, una a una, utilizando unas tijeras que tardas un buen rato en encontrar. Pasa de la medianoche cuando contemplas tu obra con orgullo y estupor, con cabreo cinco minutos después cuando descubres que te faltan las pilas o que te olvidaste de introducir la batería y tienes que comenzar de nuevo. Registro en las tripas de los juguetes de otros años a la caza de unas pilas que medio funcionen o alocada búsqueda, te tienes que vestir de nuevo -porque te pusiste cómodo para la faena-, de una tienda de esas que abren hasta altas horas de la noche. Una vez concluida la tarea, en circunstancias normales ya llevarías durmiendo cuatro horas, por fin te acuestas, deseoso por contemplar la cara que se le quedará a tu hijo cuando descubra lo que le han traído los Reyes. Llegado al fin el mágico momento, tu hijo mira con desgana la moto o la cocina, los pasa de largo y se concentra en un pequeño teléfono móvil que canturrea una melodía estridente cuando le pulsan las teclas de plástico. Sólo por eso, todo lo anterior ha merecido la pena, digo yo.

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