Decía Orson Welles que lo malo de la izquierda americana es que traicionó para salvar sus piscinas; que no hubo una derecha americana en el plano intelectual; que no fue McCarthy el destructor de las izquierdas, sino que estas se autofagocitaron dando lugar a una generación de nihilistas. Es una visión de 1964, y plenamente acertada; por aquellos años los Chicago boys se criaban a los pechos de Milton Friedman y aún les quedaban casi diez años para redactar El Ladrillo y colocarlo en el escritorio de Pinochet el mismo día 11S/73; el tipo máximo del impuesto sobre la renta en Estados Unidos bajó del 91% al 70% y el de sociedades del 52% al 48%, el Muro de Berlín era un bebé de tres años, y la mejor defensa contra la Unión Soviética era una clase media regada con altos salarios después de impuestos, con casita con puerta de garaje doble y césped hasta la calzada y galones de gasofa de saldo para bugas con motores uveocho y más caballos que una peli de John Ford.

Venía a decir el bueno de Orson que el ascenso de la derecha se produjo más por ósmosis que por méritos, una suerte de vasos comunicantes por los cuales lo que se rellena es el hueco dejado por una izquierda que se había vuelto conservadora -de piscinas- y había iniciado la senda entre la nada y el vacío más absoluto que tantas veces y desde tan diversos ángulos nos ha descrito, para el caso español, Manuel Vázquez Montalbán, en los periplos del gran Pepe Carvalho. Nada que ver con Margaret Hilda y Ronald Wilson, Thatcher y Reagan, tanto monta, monta tanto, que sí venían armados tanto intelectualmente, para una batalla cultural en la que arrasaron, como económicamente, con la praxis chilena como ensayo y las tesis de Friedman como cante de ida y vuelta.

La privatización y globalización de los gigantes estatales y la desregulación de los mercados financieros crearon el espejismo que hizo posible el fin de la Guerra Fría y, tras la caída del muro -fruto también, en parte, de ese espejismo- el nuevo laborismo, la llamada tercera vía y todas esas modernidades en las que nuestro Felipe González, antes de ser espalda plateada, ya había sido pionero. Si volvemos a lo de aquí y prestamos mucha atención, lo único que sacamos en claro es que cuando se suben al atril, todos tienen la tendencia de soltar el agarre y abrir un poco las manos con las palmas hacia el público cuando dicen una gilipollez muy gorda -si es pequeña o mediana ni se inmutan-, lo que hace sospechar que o la fábrica de gandules es la misma o es el maestrillo el que coincide. Le decía el otro día a Felipe que parecía que se oponía al Gobierno y vino a decir que no es posible oponerse a lo que no existe. Nihil obstat.

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