EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Tengo la querencia a pensar que la ley es un criterio más o menos arbitrario y siempre ajeno; una querencia original e íntima que me hace propenso al salto a piola o al bote pa fuera, disciplinas que he practicado contumazmente a lo largo de la vida por diversos motivos. Sepan ustedes que hay en Tomares una curva con mi nombre desde el año 1989 y no me la pusieron por mi uso de la razón pura; también en defensa de lo que en conciencia me ha parecido razonable me he metido en movidas en las que no podría decir a qué lado de ese criterio siempre ajeno y más o menos arbitrario me encontraba, y si pudiera decirlo, no lo diría. Con el paso del tiempo, hasta un anormal como yo se va normalizando en pos de un bien superior, que son los demás en sus más extensas estratigrafías: esos otros que no son yo, pero sin los cuáles yo no sería. Los semejantes.

Nos reconocemos fraternalmente libres e iguales, y ese reconocimiento es la clave de bóveda que transmite lateralmente las tensiones y evita que la cúpula de la democracia liberal se desplome bajo una carga vertical: la mantiene ahí, protegiéndonos. Ese reconocimiento mutuo nos hace libres. Libres de pensamiento, libres de expresión, libres de miedo, libres de penuria y en ese orden exacto. En los cimientos del liberalismo político está la duda metódica de la que nace el pensamiento libre, origen de todas las libertades y de los liderazgos verdaderos: esos que florecen en medio de todo este desastre, y marchitan rápidamente gracias al gobierno del hombre-masa que nos hemos dado.

Y aquí es donde hacemos el esfuerzo más grande: en reconocer como semejantes a los privilegiados que hemos puesto a gobernar y a legislar; y lo hacemos a sabiendas de que sólo con nuestras instituciones podremos salir medianamente bien de todo esto. Y mientras nosotros nos esforzamos en ser normales y reconocerlos como semejantes, ellos también se esfuerzan: unos en ponerle nombre a las cosas tratando de acotar los conceptos que entran en la agenda política y en la cabeza de la gente; otros en pegar garrotazos con lo primero que pillan; los jesuitones comedores de kokotxas en sacar su tajada como de costumbre; siempre todos atentos al mercado de los votos, que parece que es lo único que les interesa.

Llegado este punto sólo me queda decirles que ni socialismo es libertad, ni liberalismo es capitalismo: miren a China y reflexionen ¿Socialista? ¿Capitalista? Si pretenden afrontar la incertidumbre decretándonos neonormales para seguir haciendo lo que les da la gana, igual a algunos no nos queda otra que volver a la anormalidad. O a la política.

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