Les escribo estas letras desde la puerta del infierno, que está entre Écija y Montoro, a la verita de Córdoba, y debe habérsela dejado abierta Satanás, que ha salido de paseo. Tiene que estar contento el viejo cabrón viéndonos vivir -y morir- en vilo. Si se fijan ustedes en el fresco de la creación de Adán que pintó Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, verán que el índice derecho de Dios, no llega a tocar el índice izquierdo de Adán; si prestan atención observarán que el dedo divino, totalmente estirado, señala con firmeza, mientras el humano languidece fláccido dejando ese espacio ínfimo entre el hombre y Dios.

El contacto -sólo le hace falta levantar la última falange- depende de la voluntad de Adán. Ese espacio minúsculo contiene el libre albedrío; ahí cabe el problema del mal en el mundo, que es un universo en sí mismo. Quince siglos de perfecta narrativa culminan en ese trocito de fresco. Nada hay más divino ni más humano: el hombre libre como medida de todas las cosas y Dios como origen de toda bondad. Dos milenios de organización, el Imperio Romano y el Reino de Dios en la tierra, siempre adaptada a lo material y apegada a lo terrenal, vertical en el clero y horizontal en el rebaño como la cruz, la Iglesia es una máquina política perfecta a lo largo de las edades de Occidente desde la antigüedad hasta la modernidad.

El fin del absolutismo y la contemporaneidad desdibujan el relato, y el silencio Pío XII ante el nazismo y el fracaso del aggiornamento de Juan XXIII vienen a dar al traste -Wojtyla y Ratzinger mediante- con la horizontalidad del rebaño, cada vez más pastoreado por el evangenlismo, y con la verticalidad de la jerarquía, al punto de tener dos Papas en Roma, lo que supone una enorme pérdida de poder terrenal por parte de la Iglesia Católica en todo el planeta.

En España, que somos preconciliares, pero de Trento, la pérdida del monopolio del más allá, que ahora se comparte con los que gobiernan el más acá, que para más inri -en vez de separar Iglesia y Estado de una vez- le dan cabida al resto de clérigos y guruses de los otros más allás, sirve de pegamento para la reacción que se retroalimenta con la feroz resistencia clerical, y ante la inexorable celebración de un funeral de Estado sin Iglesia la CEE contraprograma, porque puede, un funeral de Iglesia con Estado, al que asisten la oposición, la corona y Doña Carmen, y faltan, porque pueden, el Presidente del Gobierno y el Marqués de Galapagar. Bienvenidos a la necropolítica: la muerte en el centro de la escena y los muertos y sus familias como atrezzo de este espectáculo dantesco. Hoy en día sólo hay una cosa más difícil que encontrar un cura que crea en Dios: encontrar -fuera de lo municipal- un político que no sea un psicópata desalmado.

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