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Naciones

Ahí seguimos, avanzando, en la vanguardia para responder a los ilusionantes desafíos de nuestro siglo XIX

Sostiene el secretario general de los socialistas catalanes que en España hay por lo menos ocho naciones -nueve, precisa, si sumamos Navarra, aunque los soberanistas de por allí parece que sueñan con incorporarse a la gran Euskal Herria- y hay que agradecerle que llevara preparada una respuesta exacta, después de tantas vacilaciones. "Las he contado", afirma el hombre, como el que por fin revela una evidencia ignorada que cualquiera que tuviese ojos en la cara podría haber computado en un momento. Sin merma del reconocimiento por su lucidez y perspicacia, habría que decirle al secretario que la suya es, con todo, una estimación conservadora, que por ejemplo deja fuera el antiguo reino de León, tan descontento de su anexión por los castellanos, o el aún más antiguo de Asturias, que desde luego incluiría las cantábricas peñas, ello para no hablar de las legítimas aspiraciones de plazas tradicionalmente indómitas como Cartagena, hoy sometida al yugo murciano, o las ciudades norteafricanas de singularidad incontestable, verdaderas ínsulas aunque no estén en el océano. No es que la limitación no tenga sentido, dado que remite a los estatutos autonómicos donde los territorios de esas ocho o nueve naciones se autodefinen casi como tales, pero una lectura menos literal habría podido ver que en Andalucía, por no ir más lejos, conviven varias realidades nacionales que sólo por inercia adscribimos a una sola: como sabemos los nativos, poco tienen que ver las tierras altas y las bajas y qué decir del extremo oriente, tan levantino. Si españoles, de acuerdo con la archiconocida humorada de Cánovas, son los que no pueden ser otra cosa, hay pocos en España que asuman ese nombre, y hasta en la propia Castilla, cuna de la lengua, no han faltado quienes quisieran sustituir a la capital por ciudades más linajudas. Hay o mejor dicho había, pues la terca reclamación identitaria de los nacionalismos periféricos ha tenido el saludable efecto de despertar el nacionalismo español más casposo, que parecía arrumbado en el polvoriento arcón de las antiguallas. Así es que el país o el Estado o como queramos llamarlo, porque lo de España es noción discutida y discutible, se ha llenado de naciones y lo malo es que ni los límites son siempre nítidos ni los territorios están habitados por comunidades homogéneas, lo que quizá podría resolverse con una política imaginativa de migraciones forzosas que dejara de una vez las cosas claras. Tanta diversidad es señal de riqueza, una bendición del destino. Y ahí seguimos, avanzando, a la altura de lo que piden los tiempos, en la vanguardia para responder a los ilusionantes desafíos de nuestro interminable siglo XIX.

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