Crónica Levantisca

J. M. Marqués Perales

jmmarques@diariodecadiz.com

Matalascañas

A quien silbaban bien en los funerales era a Gutiérrez Mellado, anticipo sonoro del "se sienten, coño"

Hay que acumular demasiada ira para abuchear en un entierro, y bastante mala baba para dejar la caña fresquita de Cruzcampo y, en bermudas rojas descoloridas de tantos veranos al sol, acercarte a silbar al presidente del Gobierno. En Matalascañas, con las cosas que hay que ver allí.

A José María Pérez de Ayala -el finado- lo conocí en su territorio, que era el de Doñana; había cambiado hacía mucho tiempo la escopeta de mira telescópica por la cámara fotográfica y enseñaba el territorio a los nombres y apellidos del siglo XX: Kohl, Gorbachov, Miterrand, Delors, Blair, Merkel. Felipe González descubrió para el Gobierno de España este Escorial de dunas y pinos, y tanto debió acertar que ninguno de los sucesores ha dejado de veranear y pasar algunos días de invierno en Marismillas.

José María también me enseñó qué eran los langostinos chiguatos un día en que fui a entrevistarlo para contar cómo el libro de visitas de Marismillas se había convertido en una crónica del siglo XX, donde se podía seguir la consolidación europea y la caída del Muro de Berlín. Los chiguatos son langostinos normales -perdón, de Sanlúcar, los de bigotes largos y tiesos- que se capturan en las semanas en las que mudan la piel. Se comen con cáscara, vaya. Pepe era un señor y un buen tipo, de esos que se merece ir a su funeral sin temor al tal edio.

Supongo que a Pedro Sánchez le habría caído de la misma manera y por eso fue a su funeral en Matalascañas.

Llevamos un verano de mucha mala baba por esta costa. A Juan Carlos Monedero lo echaron de un bareto de Sanlúcar, con la excusa de que él y sus pupilos fueron quienes teorizaron sobre la bondad democrática de los escraches. Se lo hacían a Soraya Sáenz de Santamaría cuando aún amamantaba en su domicilio a su primer hijo. Antes de Podemos, también por estas costas, hubo unos cuantos que tiraron a Carlos Solchaga a una pisicina, y es que Ruiz Mateos, que era un adelantado de estas protestas, contaba por aquí con muchos leales, o es que nos vamos a creer que las bermuditas descolorías son patrimonio exclusivo de Matalascañas o del bareto de Sanlúcar.

A quien silbaban mucho en los entierros era a Gutiérrez Mellado, un anticipo sonoro en forma de viento hostil antes de que atronasen aquellos tiros y el "se sienten, coño" del Congreso. Ya digo, mucha ira hay que tener guardada, mucho semen irresuelto, muchas horas tóxicas de televisión y radio, para ir a abroncar a un funeral, aunque te pillase aburrido entre caña y caña en Matalascañas. Con lo que hay que ver.

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