Esto que les escribo graciosamente con todo el malaje, deviene en lo que el maestro decía columna río. Unos días, los más, soy camarón y me lleva la corriente y otros, como el sábado pasado, soy salmón y remonto la corriente para desovar. Para mí esto de escribir es un poco como hacer de vientre y escribir para ustedes me da un poco de reparo, por eso realmente escribo para mí. Pero esto es papel impreso en rotativa y debo de escribir para los demás, o parecerlo. Menuda disyuntiva. Los demás en abstracto son el infierno; sólo me queda entonces, escribir para los demás en concreto, así que hoy vamos a escribir sobre un joven líder que a sus treinta y siete recibe hoy su nombramiento como capitán de uno de los buques insignia de la ciudad, que ya les he descrito aquí: noventa metros de eslora y veinte de manga, ciento veinte de tripulación y mil pasajeros siempre al borde del motín. Toma el mando sin cartas de navegación precisas, con la nave a medio fondear, la marinería más cercana confinada en sus camarotes, y los demás, pasaje incluido, convertidos por mandato o necesidad en individuos-isla dispersos en una infinita polinesia de circunstancias personales, gracias a la tormenta perfecta que estamos capeando.

Coincidimos en una plaza con palmeras, una tarde de viernes hace poco en la calma que precede; coincidimos, ya les digo, en que los liderazgos más auténticos y transformadores están en los niveles intermedios. Por encima si te falta auctoritas para convencer, tiras de potestas y lo arreglas coercionando. Pero la directora de un hospital, el sargento de la Guardia Civil en un pueblo, el concejal de movilidad y seguridad de una ciudad intermedia -tuvimos uno bueno, se jubiló-, la jefa de enfermería, la encargada del Mercadona de mi calle, el director de un instituto, como es el caso, son los que están ahí haciendo que todo funcione y sólo puede funcionar sabiendo hacer, con la autoridad del ejemplo, siendo primus inter paris, si te pones mu flamenco, te pelan con la gorra puesta. Tiran p'alante y hacen que rememos los demás. Y ahí está Diego A. en el puente sin timón ni derrota conocida, tirando redes.

El que tenga a su prole en edad escolar sabrá de qué le hablo; el que más y el que menos habrá tenido que ceder unas horas de dispositivo -tablet, móvil, ordenata- y habrá oído hablar de múdel, de gúgel clasrum, de ímeil, de séneca, pasen y zum. Ahí está el cuerpo 590, bajo la cubierta en plena tormenta enredando y si se escapa algún boquerón, echándole el anzuelo: que no quede nadie atrás es el objetivo y para eso nada mejor que el esfuerzo la vocación y la disciplina de la tripulación, y al que no, por la quilla al amainar. Tu suerte es la nuestra Copé, Master and Commander.

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