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Manson

Charles Manson, de golpe, en el verano de 1969, nos enseñó que toda utopía tiene un reverso tenebroso

Los que ya tenemos muchos años recordamos el rostro diabólico de Charles Manson en las portadas de los periódicos, en aquel verano de 1969 que acababa de ver la llegada del hombre a la luna. De pronto los crímenes de la Familia Manson disiparon todo el optimismo que habíamos sentido al ver a los astronautas dando saltos en la luna, cuando empezamos a pensar que los seres humanos seríamos capaces de hacer cualquier cosa que nos propusiéramos: desterrar el hambre y el sufrimiento, crear una sociedad justa que viviera siempre en paz, instaurar una utopía basada en el amor y en la hermandad universal, en fin, todos los sueños hippies que de pronto se evaporaron en el aire. Porque Manson era -y eso era lo que más nos dolió- un producto de la "era hippy". Quería ser músico de rock, admiraba a los Beatles, llevaba el pelo largo, consumía LSD y vivía en una comuna con una banda de chicas que todos envidiábamos (ya que algunas de ellas eran muy guapas). Así que Charles Manson, de golpe, nos enseñó que toda utopía tenía un reverso tenebroso. Y que detrás de un grupo de jóvenes que habían decidido vivir como todos los jóvenes de aquella época hubiéramos querido vivir se ocultaba una secta de asesinos tan idiotas que ni siquiera sabían por qué cometían sus asesinatos.

Y lo peor de todo, en el caso de Manson, es que él mismo no mató a nadie, sino que persuadió a los miembros de su secta -la Familia, como él la llamaba- para que lo hicieran ellos. Sobre todo las chicas, que lo consideraban un padre subrogado y le seguían como si fuera un mesías que dirigía todos los aspectos de su vida, en aquella comuna -instalada en un decrépito decorado de westerns- en la que Manson actuaba como un reyezuelo medieval al que las chicas le besaban los pies. Literalmente. Los niveles de credulidad y de idiotez de sus seguidores eran asombrosos. Manson les hacía creer que se meterían todos en un agujero del que volverían a salir, al cabo de 150 años, convertidos en los líderes del mundo. Y si Manson les daba órdenes de matar, ellos -y sobre todo ellas- mataban. Así de simple, así de terrorífico.

Uno se pregunta de qué pavoroso vacío existencial salía la gente que se tragaba esas paparruchas. Pero así fueron las cosas en aquel verano de 1969. Y eso que hoy en día tampoco hemos cambiado tanto. Miren, si no, las cosas que somos capaces de creernos. Y no sólo en Cataluña.

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