EL DÍA DE CÓRDOBA En la batalla del coronavirus: mantenemos nuestra cita en los quioscos con despliegue informativo sobre la pandemia

Irse. Marcharse. Volar. Navegar. Desconectar. Todo lo que es propio de esta huida necesaria y consentida que, si podemos, hacemos con las ganas intactas de quienes no piensan en mañana. Yo me apunto a cualquier carro, con bombardeo frenético o de sigiloso tránsito: soy un profesional del escapismo. O sea que sí, que me voy, que me marcho, que vuelo, que navego, que desconecto. Y lo que haga falta. He ingerido severas dosis de decepción durante esta temporada que me han infectado con picos altos de irritación. Por contra, con mejor fortuna, mayor clemencia y más repetición, he disfrutado mucho y bien de lo bueno que adorna mis días en lo que hago. Cuento con la suerte estupenda de compartir mis inquietudes y ambiciones con un grupo extraordinario de gente normal, que hace lo que hace para ganarse la vida, y lo hace bien, pero que sabe, como yo, que esa vida que nos ganamos no es lo que hacemos, sino lo que somos. Y son buenos. Luego, gracias a ellos, la ilusión ha vencido a la irritación. Y a otra cosa, tras soltar lastre.

Ahora, cada día más, en lo que soy para los chicos, que ésos sí que me definen, ocupo el sitio de un espectador con derecho a lanzarme como espontáneo, si es necesario, que muchas veces lo es. Veo cómo crecen. Mucho. Como un rayo. Soporto sus cambios de humor, sus tragedias infinitas, sus sesudas discusiones, sus defensas encendidas o sus quejas interminables, pero alucino con sus proyectos lanzados, su vitalidad interminable, su sentido original, sus sueños por cumplir, su arrojo sin cálculo o sus cálculos trucados. Los cuatro fantásticos son fantásticamente adolescentes. Y yo, que pensaba que iba a ser difícil, descubro que lo difícil sería no estar. Sigo ahí, encantado de ser su representante.

Y, siempre, claro, por aquí andas tú. Dispuestos como estamos a afrontar lo que nos echen, o lo que nos caiga, con una sonrisa y vámonos que nos vamos, muchas veces no nos da tiempo ni a valorar cuánto hemos corrido hasta hoy. Quizás eso nos pasa, mochana requetechula, porque sabemos, aunque nadie lo diga, que mañana nos tocará correr también. Pero, qué certeza más rica saber que, el segundo antes de empezar la carrera, una mirada cómplice, con una sonrisa abierta, ratifica del uno para el otro que correr, correremos, pero que sabemos dónde queremos ir y el que no lo sepa, que se aguante y espere. Si esto es tan bueno sin parar, el día que podamos tomar el fresco, imagínate cómo vamos a llenar el tiempo.

Maletas listas, pues. Me llevo el orgullo sano de las cosas hechas, la responsabilidad compartida de seguir creciéndolos, y me voy contigo. Echo, además, una pluma con tinta, un papel sin rayas y un libro abierto. Presumo mares y montañas, y vinos y charlas, y paseos y risas. Presumo presumir. Y, como irme, me voy, que ya no estoy, cuando vuelva, ya se sabe, si se quiere, nos leemos.

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