Estos días ocupo tiempos muertos para montar un encuentro de antiguos compañeros del colegio. Veinticinco años hace que salimos. Unos cuantos estamos en ello desde hace un par de semanas. Hoy somos más grandes, pero el ratillo que echamos juntos para preparar el tema nos devuelve aquella complicidad ingenua de chaval. Una de mis tareas es contactar con nuestros profesores de entonces para invitarles a pasar con nosotros el día que nos juntemos. He recordado y me he enorgullecido.

He tenido los mejores profesores del mundo mundial. Serenos, templados, con una vocación docente a prueba de bombas y una capacidad de enseñar brutal. Pero, con todo, nunca fue eso lo importante. Ellos educaban, es decir, dirigían a un lugar. Eran severos y rigurosos, pero también comprensivos y afectuosos; tenían autoridad moral y la ejercían, daban ejemplo y lo practicaban, respetaban y eran respetados. Claro que, como todos, tuve, y ellos tuvieron, errores, pero -como ahora les digo a mis nenes- hasta de los errores propios y ajenos se puede aprender, hasta un castigo injusto enseña. Y los profesores que yo tuve fueron excepcionales, incluso cuando castigaron.

Los míos eran tiempos de usar el Don. Así, marcaron para bien al hombre que soy ahora D. José Ortiz y D. José Palma, D. Juan Manuel Ballesteros y D. Juan Manuel Lanzaco, D. Juan Ignacio Madueño y D. Rafael Oliva, D. Ernesto Fernández y D. Antonio Molina, D. José Perea y D. Juan Luque, D. Alejandro, D. Francisco Fernández y D. Manuel López, D. Manuel Cabada y D. Manuel Mata, D. Rafael Millán y D. Sebastián del Rey. Luego, el bachiller empezó a permitir que conviviera el trato formal del Don con el tuteo de los mayores y aparecieron Antonio Aguilar y D. José Navas, José Luis León y D. Marcos Barea, D. Antonio Sarmiento y Rafa Villalba, Don Rafael de Haro y Tolo García-Atance, D. Carlos Eslava y Humberto Lloreda, D. José Miguel Montané y Fernando Bartivas, D. Joaquín Fernández y Luis Sánchez, Antonio Díaz y D. José María Peñuelas, Ricardo y Antonio y D. José Joaquín de Jaime, siempre D. Rogelio, y Carmela, y Encarnita, y Carmen, y Antonio, y Manolo, y Salud, y Lorenzo, y Conchi. Y, como colofón, representando a todos, siendo uno más del resto, el director, mi director, D. Juan Carlos Aguilar.

Viven la mayoría, por fortuna, (algunos ya se fueron) satisfechos de su labor con tanto alumno, cada uno siendo cada cual, pero así, en genérico. Pues no debe quedar así. A todos ellos, uno a uno, gracias de parte de este chaval cuarentón, porque el hombre que ahora soy es en mucho el desarrollo del que ellos domaron. Y, para todos también, significado en uno que todavía está por quejarse: D. Juan Carlos, usted, ustedes, me enseñaron a navegar y después me dejaron que navegara: lo he hecho, lo estoy haciendo. Y ni miedo a las olas tengo.

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