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Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

En la Luna

El alunizaje que hace 50 años parecía abrir las puertas del futuro se recuerda hoy con discreta nostalgia

Allá por los años 70 sirvió Isaac Asimov un buen jarro de agua fría cuando pronosticó que en el siglo XXI, al menos en sus primeras décadas, no habría viajes estelares, ni automóviles voladores ni robots domésticos que se encargaran cada mañana de preparar el desayuno y llevar a los niños al colegio. A cambio, aseguraba el autor de Fundación, la gente iría por ahí con superordenadores de tamaño reducido metidos en los bolsillos y una conectividad portátil, absoluta e inmediata con prácticamente cualquier lugar del planeta. Asimov no era un pitoniso con especial puntería, sino un humanista que sabía leer como pocos los acontecimientos de su tiempo y que había comprendido que todas las esperanzas suscitadas después de la llegada del hombre a la Luna no eran más que un bluf. Después, ya en los 80, la Guerra de las Galaxias que promovió Ronald Reagan para llevarse el ascua de la Guerra Fría a su sardina terminó por convencer al personal de que igual era buena idea establecer un pacto de mínimos en cuanto a intenciones antes de liarse a conquistar el espacio, mientras Arthur C. Clarke se apresuraba a introducir la cuestión china al respecto (en otro alarde de previsión) en 2010: Odisea Dos. Dado lo que éramos capaces de hacer aquí, daba miedo pensar en lo que se podía esperar del ser humano ahí arriba.

Ahora, con el 5G anunciado a diestro y siniestro hasta en la sopa, la profecía de Asimov sigue su curso. La posibilidad de que vayamos a 120 por la autopista a bordo de coches sin conductor y de que un cirujano opere en Wisconsin a un paciente sedado en Córdoba está a la vuelta de la esquina. Elon Musk y Donald Trump siguen empeñados en establecer colonias en Marte no sin antes regresar a la Luna, donde los astronautas chinos han logrado que germinen guisantes; pero las expectativas más razonables, también en la opinión pública, siguen siendo cuanto menos prudentes. A cambio, la revolución tecnológica servida en telescopios espaciales, aceleradores de partículas y observatorios de ondas gravitacionales nos han proporcionado abundante información sobre el Universo, con la que ni los más optimistas soñaban hace veinte años. Científicos de ánimo bien templado establecen un plazo de otras dos décadas para el control de la gravedad y la localización de vida extraterrestre. El mundo cambia a paso de gigante. O eso ha parecido siempre.

El alunizaje que hace 50 años parecía abrir las puertas al futuro se recuerda hoy con discreta nostalgia. Tan poco cambió aquello la vida de la gente. Quizá ahora la historia sea otra. De ilusión también se vive.

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