Postrimerías

Liderazgo

Los dirigentes de la nueva generación comparten un afán inmoderado de protagonismo

Después de sus respectivos fracasos, los antiguos máximos dirigentes de los dos partidos que nacieron, según decían, para regenerar la democracia han abandonado la política y no se les puede reprochar que lo hayan hecho, pues lo habitual entre nosotros es que los derrotados se aferren a sus cargos o sean recompensados con cualquiera de las canonjías de las que disfrutan los veteranos. Tal vez influye el hecho de que sean veteranos jóvenes, a los que les queda mucha vida laboral por delante, pero en todo caso se agradece que en lugar de enrocarse para exprimir hasta el final los privilegios asociados a su posición hayan dimitido de sus responsabilidades para retomar -al menos de momento- una vida alejada de la política activa. O no tan alejada, en realidad, por lo que vamos sabiendo. De la antigua promesa liberal, que compagina el trabajo en un despacho de abogados con el lanzamiento de "iniciativas de empoderamiento de la sociedad civil", entre las que suponemos debe contarse el nuevo curso de Liderazgo y Management -ese es su título, no biensonante- en el que cabe pensar que él mismo contará su experiencia, ciertamente agridulce, sabemos que tiene entre sus clientes al partido conservador, lo que como es lógico no entusiasma a los diezmados miembros de la formación en la que militaba. El hasta hace poco vicepresidente del Gobierno y omnipresente jefe de la facción morada, por su parte, que dijo haber descubierto que el poder, una vez en el poder, no sirve para mucho, porque los que de verdad mandan lo hacen desde otros lugares, ha anunciado que dedicará parte de su tiempo, el que le dejen sus colaboraciones en los medios, a un proyecto de investigación centrado en el "análisis de los discursos ideológicos en las redes sociales". Tangencialmente, pues se trata de una política aún en activo, podría citarse también el caso de la anterior presidenta autonómica, que ejercerá a la vez de senadora y tertuliana, una combinación llamativa que deja ver lo bajo que cotiza la presencia en la cámara alta. Se trata de personajes muy distintos, desde luego, pero por encima de las diferencias uno diría que ellos y otros políticos de su generación comparten el afán inmoderado de protagonismo, la obsesión por la estrategia a corto plazo y una sobreexcitación incompatible con el buen juicio. Los dos exdirigentes aludidos surgieron de la nada -del fundado hartazgo de la vieja política- y es justo reconocer que llevaron a sus nuevos partidos a alcanzar cotas impensables, pero hay algo que los iguala en su trayectoria fulgurante. Algo que no los ha dejado en buen lugar y que tampoco habla bien de su manera de entender el liderazgo.

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