Llevo todo este año pensando a quién matará la última bala de esta guerra a la que se le acabó la épica a la primera ola de cambio. Me acuerdo del temazo de Def Con Dos, pánico a una muerte ridícula -ya saben: "Electrocutarse al cambiar una bombilla./ Suicidarse sin mirar la Primitiva./ Ahogarse en la piscina de un barco [...]"- y me encierro todo lo que puedo intentando evitar no sé si el contagio o la incertidumbre, porque siempre he sabido que la única verdad es la muerte y la única certeza es que de parto no he de morir. Veo cómo el náufrago la orilla, con más mieo que siete viejas, esperando jeringuilla y, entre fandango y videoconferencia, vuelvo por si acaso, a releer Robinson Crusoe que es el que me enseñó de chiquitito a capear el miedo y la incertidumbre, pero ya no.

Me entero de que en Nueva Zelanda han muerto veintiséis de sus cinco millones de habitantes y me dan ganas de robarle a mi primo la rosa de los vientos, ponerla en mi solapa y declamar que yo sería un varón y tú una hembra vestida de tormenta, liarnos la manta a la cabeza y largarnos con los chiquillos a Robinsons Bay hasta que todo esto acabe o para siempre, que viene a ser lo mismo.

Cuando empezó todo esto tuve que echar el cierre a mi oficina de la plaza de la Magdalena, la de al lado de la fuente en la terraza de lo que fue una taberna; va pronto a hacer un año de la última vez que todos juntos comimos en la calle, a la sombra del El Olmo, el día de nuestro santo; no hubo boquerona este verano, ni nada en Lord Merino, el rock y los garrulos de Tomares son algo de antes del diluvio.

Salgo poco a la calle y muy enmascarado y me sorprendo a mi mismo diciéndole a uno que tal día por la tarde tengo una hora libre. ¿Acaso son esclavas el resto de las horas? ¿Qué ha hecho esa pobre hora para que yo la esclavice con una videoconferencia? ¿No debería manumitirla y dejar que alumbre sesenta minutejos libertos que hagan conmigo lo que quieran? Es lo que voy a hacer porque ante tanto desastre no debemos perder la noción del tiempo, y las ocupaciones literalmente lo llenan todo de tal forma que nada más puede hacerlo, generando la más terrible de las esclavitudes. Decimos esclavos porque el Sacro Imperio Romano Germánico subyugó a los eslavos, pero los romanos clásicos les decían adictos, que es mucho decir.

No sé muy bien porqué les cuento todo esto, quizás sea verlos todo el día con la palabra libertad en la boca, ver que pasa como cuando éramos pequeños y repetíamos una palabra una y otra vez hasta que dejaba de tener sentido, convirtiéndola en un disjunto vacío -significante vacío dicen los postmarxistas-, de tal forma que lo mismo caben unas cañas y unas bravas que un ser peneportante, un hombre gestante, o el brazo incorrupto de Santa Teresa, o quizás sean los sesenta minutejos libertos que han hecho de las suyas...

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