Decíamos ayer que Hispania en fenicio significa isla de conejos, y lo decíamos lamentando lo poco que nos cuesta comprar la leyenda negra y lo fácil que aceptamos el neopuritanismo laico de lo supuestamente correcto que nos llega a través de lo políticamente correcto, que es el mecanismo de autocensura que se resume en aquello de el que se mueva no sale en la foto, pero elevado a la enésima potencia.

Viene esto a cuento de un fugaz reencuentro con un -por no decir viejo- ya no tan joven compañero y sin embargo amigo con el que hace casi una década hicimos algún alarde de liderazgo que otro, corrimos los quinientos metros vallas con pértiga y luego nos fuimos al desierto en bicicleta; allí quedó él con su flor y yo me fui a doblarla a los olivos y fue mano de santo.

Nos hemos acordado de una acción poética que marcó -como mínimo- un cuarto de siglo en Córdoba: Arrabal, Fernando, y Pla, Albert, en la Iglesia de la Magdalena, y que se nos antoja algo lejano e irrepetible en este mundo de ofendidos y de falsas banderas, algo de otra era, algo que fue en 2016 pero visto desde el 2021 pareciera que fue en el siglo XX.

Hemos hablado -cómo no- de política, de la centrifugadora, de cómo se han achicado los espacios y han ido desapareciendo los amigos al otro lado del pasillo porque se han zampado el pasillo al ritmo de todo vale. Es cierto que donde sigue habiendo pasillo, es decir, un espacio compartido y de paso, y cierto sentido de servicio hay espacio para la verdadera política, como hemos podido ver, por ejemplo, en Córdoba con el proyecto logístico del ejército, sin que nadie se tenga que colgar el medallón de ternera en la solapa.

Y hablando de política verdadera hemos saltado de la isla de conejos a una isla de hombres, dos animales políticos centrifugados de sus respectivos partidos que hacen la mejor radio una vez a la semana y que esta semana le han explicado a la chavalería el totalitarismo de la ETA en toda su crudeza y nos han dado, de nuevo, a todos, una lección de política de altura, Madina, Eduardo y Sémper, Borja no necesitan "generar relato", son auténticos, todos sabemos sus biografías, ambos dicen que se han jubilado de la política, y se yerguen como dos titanes, verdaderos luchadores, servidores públicos reales que pagaron un alto precio por defender una libertad que -nos dicen- no se hace sola. Dos grandes tipos, referentes para tantos. Lo que pudo haber sido y no fue. Una isla. Un no lugar. Una utopía.

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