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¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

La Isla

La Isla cierra y en la culata de la memoria podemos hacer una muesca más. Éstas son unas palabras de agradecimiento

Del viejo orden analógico, aquel en el que viví los primeros treinta años de mi vida, echo de menos algunas pequeñas cosas y costumbres, menudencias como esos sellos de papel que muchas librerías ponían en las primeras páginas de sus mercancías como recordatorio de su procedencia. El de La Isla, que frecuenté en su antiguo local de la calle Robayna de Santa Cruz de Tenerife, reproducía a un simpático monigote con sombrero, absorto en la lectura de un libro, único poblador de una minúscula ínsula cervantina rodeada por un mar en calma. Pocas veces se ha dibujado de una manera tan certera y anónima la verdadera felicidad, aquella que consiste en no necesitar nada más en el mundo que unas cuantas quimeras y fantasías impresas en unas gavillas de papel.

Cuando me he enterado del inminente cierre de La Isla no he podido evitar evocar la milonga de Borges: "Ya estoy viendo que esta noche/ vienen del Sur los recuerdos". Porque es de allí, de la España más meridional e isleña, de donde nos llegan, como restos flotantes de un naufragio, los golpes de memoria de aquella librería en la que compré el mayor tesoro de mi biblioteca: la 14ª edición en Seix Barral de Conversación en la Catedral, la que reproduce en sus cubiertas la foto de César Malet con dos cañas de cerveza y una multitud de colillas apagadas sobre una tosca mesa de madera. En sus primeras páginas, otro que debía ser yo escribió con afán notarial: "Verano 87. Tenerife". Las casi 700 páginas del volumen, que hoy exhibe orgulloso en su lomo las estrías de la vejez y el uso, las devoré por primera vez en dos jornadas insomnes de julio, a la sombra de un cañizo de los lavaderos de la casa de mi abuela de la calle Viera y Clavijo -reconvertidos en mi guarida canaria- y con las helechas de María Cabeza como única compañía.

La Isla cierra y en la culata de la memoria podemos hacer una muesca más. Pero no pretenden ser estas palabras un ejercicio de vana melancolía, sino de sincero agradecimiento a tres generaciones de libreros a los que la revolución digital ha condenado a la guillotina del cerrojazo. Desconocemos cuáles son hoy las librerías de referencia en Santa Cruz, porque mis visitas a esta tierra sagrada cada vez se espacian más en el tiempo, pero la próxima vez que vaya acudiré a Lemus, en La Laguna, a husmear en sus anaqueles algún título raro sobre historia o antropología canarias. Será una buena excusa para revisitar la ciudad española con más América en sus entrañas. De La Isla guardaremos el mejor y más querido de los recuerdos y la certera constancia de que, como dice la canción, no todo fue naufragar.

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