Información, opinión, ficción

De algo le tenía que servir ser, al fin, el secretario general. Años de práctica en la sumisión

Y memoria y sentimiento. La columna de hoy es fruto de la retroalimentación -feedback para los modernos- que me ofrecen los lectores o televidentes -¿es televidente aquél que te lee a través de una pantalla digital, a lo lejos?- sobre la columna de la semana pasada. Más que sobre el fondo, la discusión venía por el relato, bien en forma de duda -¿es verdad lo de la pistola?-, bien en forma de reproche -¡Cómo se te ocurre contar eso!-. Hay aquí cuestiones de varios órdenes. Desde el punto de vista cognitivo resulta que los recuerdos mutan, son editados por el hipocampo -dicen en el Journal of Neuroscience- mezclando experiencias pasadas y vivencias recientes, adaptando nuestros viejos recuerdos a nuestros actuales sentimientos. Es decir que podemos recordar una misma cosa de maneras diferentes según convenga: toda una ventaja evolutiva. Desde la perspectiva periodística, además de la absoluta libertad que me ofrece este medio para afrontar el papel en blanco -gracias de nuevo, Direttore, por la gozada-, lo que más disfruto es la posibilidad de mezclar a mi antojo información, opinión y ficción. Le prevengo, querido lector, de que es una constante y como muestra le dejo aquí abajo una columna dentro de esta columna. Disfrute:

Otros ojos

No estaba seguro de si era una señal maravillosa o el presagio de un desastre, pero sí sabía que cuando te comen los cojones a racimo, es que la cosa no va mal. Lo que nunca había pensado es que un muchacho joven pudiera producirle tanta excitación. Eso era una selección de personal en condiciones, y no la enorme red de enchufes tan habitual en el Partido. De algo le tenía que servir ser, al fin, el secretario general. Años de práctica en la sumisión y la adulación; años de aprendizaje en los diversos modos de hacer daño a terceros por órdenes -la mayoría de veces implícitas- de la superioridad; largos años de dolorosa metamorfosis, que habían borrado todo rastro de lo que un día fue, excepto esa sonrisa de muchacho formal, de yerno perfecto. Esa sonrisa que le miraba desde el espejo calefactado del cuarto de baño de su despacho, mientras su nuevo secretario personal terminaba su trabajo. Cuando estuvo al cargo de la obra de la nueva sede, lo del cuarto de baño completo con vestidor en el despacho del Secretario General, le pareció un exceso inadmisible; es cierto que no encontró ninguna buena razón para mostrar su oposición. Fue un acierto. Ahora lo veía con otros ojos.

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