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Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Iglesias toca a la rosa

La verborrea terminológica acabada en gerundio anglosajón produce descreimiento y rechazo en muchas personas

Parir un neologismo es mucho más fácil que lograr que se consolide y se asuma como una palabra común. El mundo de la gestión empresarial es una fuente de palabras con las que los vendedores de crecepelo en frascos de management y recetas para el éxito. La mayoría queda en el olvido, sirvieron parar colocar unos cientos de libros, pronunciar unas cuantas conferencias y tunear los programas de los MBA, que pueden causar sonrojo al ser releídos después de los años. La reingeniería de procesos hace 30 años, por ejemplo, fue un pelotazo y algo ineludible para estar al loro en la ojana ejecutiva. Hoy nadie recuerda a su creador. La verborrea terminológica acabada en gerundio anglosajón produce descreimiento y rechazo en muchas personas, y voces que hicieron furor -como mentoring; hay decenas- van cogiendo un cierto tufo a armario cerrado sin alcanfor siquiera. Sucede mucho en nuestra escena política, cómo no.

En la política de mensaje huero y dos dedos de maquillaje que va de la mano de la superficialidad y la multiconexión, la palabrería se impone a los conceptos útiles y a los que son verdaderos… que ya estaban todos inventados, claro. Un neologismo con causa muy bien puede hoy día tener un cuarterón de demagogia agazapado cual indio sioux detrás de un matojo. La recientemente sacralizada e ineludible "transversalidad" se ha hecho tan transversal que, oh prodigio de la ósmosis discursiva, ha inundado los mítines de la derecha tras haber sido patrimonio del progresismo pata negra. La derrotada Soraya la utilizaba, quién sabe si eso no le quitó algunos cientos de compromisarios en las primarias del PP. Pero el gran especialista en el blablablá del compromiso de la izquierda más divina es Pablo Iglesias: Pablo es un as de la transformación del diccionario. Esta semana hemos tenido un poco de la pócima de lo políticamente correcto. Pero esta vez Iglesias lo aplica a su especialidad, a uno de los fundamentos de su éxito: la televisión. En el intercambio de estampitas del croupier Pedro Sánchez con media docena de improbables y dispares socios de moción de censura, el líder de Podemos lo tiene claro, y el sábado pasado lo cantó, rotundo: la tele tiene que ser suya. Y quiere reformar La 2. Para un canal que no pocos vemos con placer televidente y con la confianza de estar en buenas manos, Iglesias no ya toca a la rosa, sino que amenaza con embarrarla de la farfolla contemporánea, de la pose nuestra de cada día: "La 2 debe ser un canal para fomentar la plurinacionalidad y la diversidad sexual". Descorazonador.

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