Les decía la semana pasada que me obligo a escribirles por aquí todas las semanas por responsabilidad política. Le llamó la atención al señor que dirige esto la invocación a la responsabilidad política y llevo toda la semana preguntándome si hubiera sido igual de llamativo sentirme obligado por responsabilidad estética, o ecológica, o a secas. Le dije que tenía que ver con algo que dejó escrito por ahí Umberto Eco, sobre la obligación de escribir sobre política en los periódicos de cualquiera que tuviera la oportunidad de hacerlo y algo que decir, aunque la verdadera razón es que ser columnista es de lo mejor que se puede ser terminado en -ista, con la venia de Onán.

Tras los totalitarismos del siglo pasado, verticales, coercitivos, autoritarios, genocidas, la política ha ido, mutatis mutandis, impregnando cada vez más aspectos de la vida de una manera casi imperceptible hasta ocupar la inmensa mayoría de nuestros actos cotidianos, mediante mecanismos más o menos sutiles, horizontales, incruentos y aparentemente consensuados, ya está en nuestros cuerpos, en nuestras mentes, en nuestros afectos; paralelamente a esta colonización política del individuo, como individuos hemos ido abandonando en masa la política hasta llegar al punto en el que todo el mundo -Silvio dixit- va a lo suyo menos yo, que voy a lo mío.

Tuvimos la política en manos de especialistas en la toma de decisiones en escenarios complejos, políticos profesionales sólidos que entraron para estar de paso -tenían donde volver- y se quedaron porque eran necesarios: tenían el Estado en la cabeza. Salieron de las élites en los setenta, cuando estaba todo por hacer y la gran mayoría de la población tenía algo que decir o algo que hacer en la esfera pública; hicieron la transición desde el franquismo hasta la adhesión a la CEE, que nos normaliza, nos homologa, nos integra en la biopolítica europea, y fueron extinguidos por el 15M y sus consecuencias: la nueva política ha cuajado en una hornada de profesionales de la política, especialistas en mandar, que han venido con la clara intención de hacernos especialistas en obedecer, de quedarse a toda costa y que cada vez son percibidos no sólo como inútiles, que lo son, sino, lo que es más peligroso, como innecesarios.

Fruto del coronavirus, todo esto se acelera vertiginosamente y ese totalitarismo democrático apenas imperceptible en la bonanza, empieza a mostrar sus caras más feas hasta en el BOE. Y todo esto nos pasa por idiotas, del griego idiotes, idio, propio, tes, el que hace. Sigamos cada uno en nuestros propios asuntos mientras Doña Carmen y Sor Piolet culminan el Nuevo Catecismo y el Valido y el Marqués nos diseccionan con su nuevo Observatorio del Ministerio de la Verdad. Y si no, la reacción.

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