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Identidades

Sorprende que algunos políticos vuelvan a remover el tarro del andalucismo y otras esencias meridionales

Digan lo que digan unos y otros, todas las identidades son inventadas, y algunas todavía más que otras. Cuando en un territorio, un sector de su población quiere dotarse de un privilegio y justificarlo, recurre a fabricarse una identidad. Siempre hay alguien dispuesto a surtirla, además, de banderas, himnos y mitos de un viejo repertorio. El efecto llamada suele ser frecuente. Basta que unos cuantos levanten el puño de una identidad propia en algún lugar para que otros, en el valle o en la montaña de al lado, forcejeen también para contar con otra. Semejante artefacto se pone en movimiento, al principio, con timidez defensiva y acaba transformándose casi siempre en agresivo y fanático. Andalucía ha tenido la virtud y la suerte de no haber sucumbido a tales cantos de sirena. Por fortuna, los voluntariosos intentos de dotarla de una identidad fija y anclada no han perdurado mucho. Algunos andaluces no han sido inmunes en ciertas épocas al trampantojo identitario, pero la mayoría ha mostrado cordura y se han dicho a sí mismos que las identidades acaban utilizadas como palancas para abrirse brutalmente camino y exigirles cosas a los vecinos. Incluso podría añadirse que la mejor seña de identidad de los andaluces consiste precisamente en no haber caído en el señuelo de las identidades. Basta mirar alrededor para comprobar las frustraciones que produce el espejismo identitario: una vez abierta su caja de truenos, los más ilusos se desbocan y resulta difícil cerrarla. Por fortuna, Andalucía ha ofrecido a este respecto una sabia madurez. Por eso, sorprende que algunos políticos en el poder vuelvan de nuevo a remover el tarro del andalucismo y otras esencias meridionales. Porque cuando menos en Andalucía debería estar ya suficientemente asentado un criterio básico: las reclamaciones, reivindicaciones y demandas que se consideren legítimas y necesarias deben hacerse no en nombre de una identidad que se siente agraviada, o postergada, sino en nombre de unos ciudadanos que se sienten iguales y piden, por tanto, ser atendidos en igualdad de condiciones en cualquier parte de España. Esta debe ser la única identidad reconocible entre las distintas administraciones políticas. Luego -una vez establecida esa jerarquía de atenciones y derechos entre ciudadanos - que cada pueblo, barrio, región, comarca o territorio cultive el rasgo cultural, literario, lingüístico, festivo, laboral, productivo, gastronómico, musical (y así sucesivamente) que le resulte grato y conveniente. Andalucía a este respecto está bien sobrada de rasgos diferenciales. Incluso la desbordan. Quizás por eso se ha resistido a caer en la trampa de las identidades.

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