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Leo y observo con asco y pena la oleada de derribo y destrucción de estatuas que recorre Occidente. Ya les escribí en otra ocasión que la cloaca es un indicador constante que mide la potencia de un Estado en un lugar y tiempo determinados con escaso margen de error: si la cloaca funciona y no huele, usted está en un lugar donde el Estado es fuerte; donde hiede la cloaca el Estado es débil; donde no hay cloaca, no hay Estado. Las cloacas son a la infraestructura lo que las esculturas a la superestructura que justifica, básicamente, lo que hacemos con la energía. Lo del relato, que dicen ahora los cagabandurrias éstos que hemos puesto a representarnos por no mancharnos nosotros, que somos todos unos señoritos, unos gandules o unos inconscientes, o todo a la vez y alguna otra cosa más.

Donde se erigen estatuas hay un propósito, un proyecto más o menos común, una historia que compartir o que contar, hay algo que se levanta: hay erección, y donde hay erección hay alegría, o podría haberla. Luego está el canon, la proporción y sobre todo la escala de la estatua: de los quinientos diecisiete centímetros del David de Buonarroti a los ciento sesenta y siete del San Ignacio de Loyola de Martínez Montañés, todo va bien: es humanamente abarcable. Ahí está lo mejor de nuestra civilización; por encima de esos tamaños, unos empiezan a ser más iguales que otros, y al final, el Faraón. Tuve el honor y el placer -hace ya tres lustros- de colaborar con el gran José Manuel Belmonte, profeta en su tierra, y con el segundo mejor alcalde de Nueva Carteya en erigir decenas de estatuas en mi pueblo. Durante dos años, cientos de personas condenadas en teoría a ignorar el arte contemporáneo, se vieron involucradas durante unas semanas en un proceso creativo extraordinario en el que entraron a través de las herramientas que compartían con los artistas: las radiales de los albañiles tallando la piedra y las motosierras de los agricultores tallando la madera. Fue un espejismo real. Ocurrió. Parecía que iba a ser posible despegar y vino el primer leñazo.

Luego todo ha sido degenerar, y ahora hemos llegado al punto en que mientras escribo esto, estamos Raquel y yo viendo Cuando ruge la marabunta y la tienen calificada para mayores de 18 -suponemos que por racista, machista y no sabemos muy bien qué pecados más-, han retirado a J.K Rowling de una librería gringa porque cualquier meapilas la ha acusado de transfobia o como se diga, en California han derribado estatuas Junípero Serra y de Colón y la irrelevante alcaldesa de Barcelona se plantea hacer lo propio con el monumento del homónimo paseo. Nos ha invadido el terraplanismo. Han conseguido imponer su ignorancia a nuestro conocimiento. Lo peor no es que destruyan imágenes, lo peor es que además son un coñazo. Iconoplastas.

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