Ser o no ser, de eso se trata; si para nuestro espíritu es más noble sufrir las pedradas y dardos de la atroz fortuna o levantarse en armas contra un mar de aflicciones y oponiéndose a ellas darles fin", nos dejó escrito el de Stratford-upon-Avon, en el inicio del más famoso monólogo de la literatura universal, en el que el joven príncipe de Dinamarca se pregunta si la vida vale la pena y concluye que por muy grande que sea la pena, el temor a la muerte no sólo nos aferra a la vida, sino que nos hace soportar "[...]los azotes y escarnios de los tiempos, el daño del tirano, el desprecio del fatuo, las angustias del amor despechado, las largas de la ley, la insolencia de aquel que posee el poder y las pullas que el mérito paciente recibe del indigno [...]".

De Hamlet a hoy nada nuevo bajo el sol, llega septiembre y los que tienen el poder -aquí, Imbroda- abocan a toda la comunidad educativa a la disyuntiva huelga o muerte, y por ahí vamos mal porque eso nos sitúa a un paso del patria o muerte o del ¡viva la muerte!, cuando aquí el dilema es entre la bolsa y la vida. Insolentes y gandules dicen que se van a reunir el 27 de agosto para tomar medidas; medidas, supongo, de sus enormes cojonazos y sus potorros sentados, otro verano más, al sol de las mejores playas como si aquí no pasara nada. La cadena se rompe por el eslabón más débil, y aquí va a quebrar a los hijos de todos aquellos que no puedan permitirse negarse a llevar a sus hijos al colegio en las condiciones que actualmente se ofrecen, que son de riesgo manifiesto de contagio. A no ser que el profesorado, eslabón verdaderamente fuerte, actúe como yunque y los proteja.

Los martillazos al profesorado en forma de desprecio y ninguneo son lo habitual, lo único que cambia esta vez es la disyuntiva: ahora no es huelga o recortes, huelga u horas lectivas, huelga o devolución de la extra; ahora es huelga o muerte, y no sólo la propia o la de algún colega, también existe la posibilidad entre el alumnado, y eso para los profes, créanme, es sagrado.

Una huelga indefinida de educación desde el 1 de septiembre desataría contra vosotros la furia de los miserables -Ossorio en lo más alto- y el alborozo de los privatizadores -como nuestro consejero- que ya están salivando ante el panorama; al cuarto día los tendríais reculando, dejando el martillo y señalando la mesa de negociaciones, aguantando y sabiendo levantarse de la mesa podríais mejorar la situación en dos semanas.

El problema aquí es que Pepe Álvarez y Unai Sordo son más pijos que Isabel Celaá, que ya es decir, y si convocan, va a ser una huelguita cobarde de un diíta que va a servir lo mismo que sirve tener de ministra a una catedrática de instituto. Con lo cual no me queda más que invocar a los clásicos y decirle al consejero "[...] que el retirar no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es guardarse hoy para mañana y no aventurarse" Sea sabio, no sea (más) necio.

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