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Hotel vacío

Acostumbrados a vivir en un mundo en el que todo está planificado, nos cuesta mucho habituarnos a la incertidumbre

En un hotel de la costa de Huelva, donde a estas alturas de la temporada solía haber unos doscientos clientes, esta semana no hay nada más que cuarenta. El otro día fui a dar un paseo por los alrededores y la verdad es que fue un placer. No había ruidos ni musiquillas, las rutas de senderismo estaban en silencio y uno podía pasear durante horas sin cruzarse prácticamente con nadie. Pero esta imagen maravillosa tiene su contrapartida. Conozco a algunos de los empleados de ese hotel y todos están angustiados. No saben si la dirección dará la orden de cerrarlo de nuevo si no llegan más turistas y el coste de mantenerlo abierto es muy superior a los escasos beneficios que hasta ahora están teniendo. Esos empleados son inmigrantes y gente que vive en pueblos pequeños donde hay mucho desempleo y donde la campaña de verano tiene que servir para cubrir la época de vacas flacas del invierno. Si no llegan más turistas, si la temporada se pierde, muchos no sabrán qué van a hacer con sus vidas.

No sé si nos damos cuenta de que estamos caminando sobre el abismo. La gente parece muy contenta -sobre todo ahora que hemos salido del confinamiento-, pero la economía se ha desplomado y es difícil imaginar que podamos reponernospronto de esta catástrofe. Y además, en cualquier momento puede haber un rebrote de la epidemia y quizá nos toque vivir un nuevo confinamiento, aunque limitado a una ciudad o a un barrio o a una comarca, como en Lérida. Y si esto fuera así, ¿qué pasaría con los empleados del hotel que están esperando a unos clientes que no se deciden a venir? ¿Qué sería de sus vidas? ¿Y qué será de nosotros si la economía se viene abajo? Y los que tenemos pensado hacer un viaje durante este verano, ¿nos veremos atrapados por un nuevo confinamiento a mil kilómetros de donde vivimos?

Acostumbrados a vivir en un mundo en el que todo está planificado y organizado con mucho tiempo de antelación, nos cuesta mucho acostumbrarnos a la incertidumbre de no saber qué va a pasar con nosotros no ya dentro de dos meses, sino mañana mismo. ¿Nos pondremos enfermos? ¿Se extenderá de nuevo la pandemia? ¿Nos obligarán a encerrarnos otra vez en nuestras casas? ¿Llegarán por fin los turistas a ese hotel vacío de la costa? No sabemos nada. No podemos saber nada. Y por primera vez en muchos años, estamos aprendiendo a vivir como vivieron nuestros abuelos.

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