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El lanzador de cuchillos

Hernani

Los terroristas son recibidos como héroes, más de doscientos mil ciudadnos tuvieron que exiliarse

En San Sebastián puedes tropezarte estos días con la troupe de Woody Allen rodando por el centro, disfrutar del mejor jazz sentado en la arena de la playa de la Zurriola o escuchar al Orfeón Donostiarra en el Auditorio del Kursaal. La ciudad, a la que no dejo de regresar desde hace casi tres décadas, está hasta la bandera de turistas que llenan los bares de pintxos de la Parte Vieja y se hacen selfies en las barandillas de la Concha o frente al Peine del Viento. El concesionario de BMW, que dirige un granadino, vende más coches que nunca.

A pocos kilómetros, junto a un polígono tecnológico que alberga empresas punteras como Orona o Ikusi, se encuentra Hernani. En Hernani nunca ha existido cultura de la paz. Ni antes ni después del alto el fuego definitivo de la organización armada. Pero hace unos años el miedo se podía cortar; ahora, una víctima del terrorismo y su primo abertzale, entre los que, en los tiempos duros, la comunicación era inexistente, pueden potear sin problemas por Los Tilos o la calle Mayor. Ahora se saludan con aparente afecto, bromean y comparten unas sidras con el visitante andaluz. Es un avance indudable. Pero a la mañana siguiente, la víctima de ETA estará de vuelta en la comunidad a la que tuvo que exiliarse -lo de él sí es un exilio, lo de Josu Ternera se llama fuga-, mientras que el pariente batasuno, a la misma hora, preparará las camisetas y las banderas para homenajear a Baldo, el número 2 de ETA, recién salido de la cárcel, que, según rezan las pancartas colgadas en las principales calles del pueblo, "vuelve a casa 43 años después". Porque en Euskadi, tras los bucólicos paisajes y su elevado nivel de renta, se esconde una terrible realidad: mientras los terroristas son recibidos en sus pueblos como héroes, más de doscientos mil ciudadanos se vieron obligados a marcharse para salvar la vida, escapar de la extorsión, el aislamiento social o las imposiciones nacionalistas. Mi amigo S. fue uno de ellos. A su cuñado, policía local, un vecino de Hernani le descerrajó cuatro tiros en la nuca mientras desayunaba en un bar de Andoain. Su mujer -hermana del asesinado- estuvo quince años con escolta porque estaba también en todas las quinielas.

Mientras charlamos cordialmente con su pariente abertzale y otros parroquianos, me fijo en las fotografías pegadas en el frontón de la plaza. Son una veintena de individuos sonrientes -los terroristas del pueblo que están en prisión- para los que se pide amnistía. Uno de ellos es el asesino del cuñado de mi amigo. Entiendo que quiera salir corriendo en cuanto paguemos las sidras.

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