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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Greta y Dickens en la Cumbre

La Cumbre debía homenajear a Dickens: retrató en 1854 los devastadores efectos de la contaminación

Debió abrirse ayer la Cumbre del Clima, cuya estrella presente o ausente será Greta, esa cabreada Juana de Arco que ha oído la voz de la Tierra como la Doncella de Orleans oyó la de Dios, esa indignada Lucía Dos Santos a la que le han sido revelados los secretos de la destrucción del mundo, con la lectura de los primeros capítulos de Tiempos difíciles. Publicada en 1854, anticipó los errores que ahora se intentan corregir. Los genios saben interpretar los signos de los tiempos. A través del moderno, progresista, racionalista y pragmático señor Grandgring -"un hombre reducido a números, dispuesto a pesar y medir cualquier partícula de la naturaleza humana para establecer su valor"-, Dickens arremetió contra los popes del progreso representado por la revolución industrial. "No les enseñéis a estos muchachos y muchachas -recomienda Grandgring a los maestros- más que realidades. Arrancad de raíz todo lo demás… No está lejano el día en que tengamos un Gobierno imbuido de realismo e integrado por jefes de negociado realistas que obligarán a las gentes a vivir de acuerdo con la realidad".

En 1854 ese día había llegado ya, y Dickens lo retrató así: "Era una ciudad de ladrillo rojo, es decir, de ladrillo que habría sido rojo si el humo y la ceniza se lo hubiesen consentido; como no era así, la ciudad tenía un extraño color rojinegro... Era una ciudad de máquinas y altas chimeneas por las que salían interminables serpientes de humo que no acababan nunca de desenroscarse, a pesar de salir y salir sin interrupción. Pasaban por la ciudad un negro canal y un río de aguas teñidas de púrpura maloliente; tenía también grandes bloques de edificios llenos de ventanas, y en cuyo interior resonaba todo el día un continuo traqueteo y temblor y en el que el émbolo de la máquina de vapor subía y bajaba con monotonía, lo mismo que la cabeza de un elefante enloquecido de melancolía. Contenía la ciudad varias calles anchas, todas muy parecidas, además de muchas calles estrechas que se parecían entre sí todavía más que las grandes; estaban habitadas por gentes que también se parecían entre sí, que entraban y salían de sus casas a idénticas horas, levantando en el suelo idénticos ruidos de pasos, que se encaminaban hacia idéntica ocupación y para las que cada día era idéntico al de ayer y al de mañana y cada año era una repetición del anterior y del siguiente".

Han pasado 165 años. No será que no estábamos avisados.

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