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Frenopático

Poco a poco, la desafección hacia la democracia representativa se va instalando entre la gente de la calle

Ayer, durante la sesión constitutiva de las nuevas Cortes (la cuarta en cuatro años, un récord que parece propio de una república bananera), hubo parlamentarios que juraron o prometieron sus cargos en nombre de las Trece Rosas, de la autodeterminación catalana o vasca, de España (como si España fuera la Virgen del Pilar o un equipo de fútbol) o de la España vaciada, o de los presos políticos y los exiliados (catalanes, se entiende). Como no hay ninguna ley que lo prohíba, debemos aceptar que sucedan estas cosas, pero lo que resulta ridículo es que haya gente que siga manteniendo -y la hay, y mucha- que vivimos en un país autoritario en el que no se permite la libertad de expresión y en el que se persigue a las minorías y a los disidentes. Hay pocos países en el mundo -si es que hay alguno- donde los parlamentarios puedan expresarse con la libertad con que se expresan en el nuestro. Si esto es bueno o malo, no lo sé.

El problema de tomarse el Parlamento como un alegre frenopático es que las instituciones no son tan sólidas ni tan duraderas como nos creemos. La gente que se levanta a las 6 de la mañana para ir a trabajar -si es que tiene la suerte de tener un trabajo medianamente remunerado- no siente ninguna simpatía por los caprichitos y los montajes seudo-teatrales de unos políticos muy bien pagados que viven rodeados de privilegios y a los que el bien común parece importarles un pimiento. Y poco a poco, la desafección hacia la política y hacia la democracia representativa se va instalando entre la gente de la calle, que mira atónita las chiquilladas de las personas que supuestamente detentan la soberanía nacional. Y mientras la conducta irresponsable de los políticos va minando las instituciones, el descrédito de la democracia representativa va haciendo su labor de zapa y el parlamentarismo se va convirtiendo en una especie de bufonada que no convence a nadie y que no parece servir para nada.

Lo malo es que, si un día desaparece esta democracia representativa, lo que ocupará su lugar no será un régimen gobernado por heroicos y abnegados seres de luz, sino un sistema despiadado -sin leyes, sin protección jurídica, sin garantías legales de ningún tipo- en el que los narcos y los criminales y los mafiosos impondrán su ley sin que nadie pueda pararles los pies. Y por desgracia nadie parece darse cuenta de ello.

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