Cuánto más cerca está el fin de la relación del Reino Unido como parte de la Unión Europea más me seduce la idea de volver allí y reivindicar como un europeo corriente mi repulsa a su extirpación del núcleo europeo y del alma de su esencia, totalmente conectada con la idea de la Unión, con la historia de la integración y con la proyección de futuro de una misión común en el mundo.

Hace unos años alguien me solicitó un consejo más personal que profesional al respecto de mantener su matrimonio. Le di una respuesta basada en mi experiencia personal y en las condiciones objetivas que suelen rodear esas situaciones. Le hablé sobre las oportunidades que abría un nuevo escenario, tras detectar que su deseo era no continuar. Conforme más me situaba en la frontera de lo nuevo como una opción de volver a empezar, me sorprendió con una pregunta muy concreta, directamente vinculada a las consecuencias económicas de la decisión. Muy malas, muy difíciles durante bastante tiempo, le dije sin rodeos, pero de todo se sale y al fin y al cabo, cuando no estás bien, eso no tiene la menor importancia. Pues depende, contestó. Hay que valorarlo todo, saberlo todo. Y tuvo el perfecto derecho del mundo a reconsiderar su posición inicial, quizás prematura, quizás egoísta, por la que aún hoy creo que mantiene. Tan feliz, o al menos, todo lo feliz que puede ser de acuerdo con su escala de necesidades y afectos.

El complejo berenjenal que la Primera Ministra May tiene en lo alto con el fatídico Brexit no es políticamente culpa suya, sino de su predecesor, Cameron. Las consultas al pueblo, disfrazadas de solemne democracia, son a veces una dejación de funciones públicas de los representantes a quienes juzgar después. En cambio, visto el desastre que se avecina y la presumible derrota parlamentaria de su plan, ni duro ni blando ni todo lo contrario, la alternativa para cambiar de opinión y defender un voto final del pueblo sobre el mayor disparate político de la historia europea y británica del último medio siglo se convierte en una necesidad política de sentido común y hasta de supervivencia personal.

El Brexit, decidido en un referéndum precipitado por un puñado de votos, basado en argumentos emocionales sin contraste real, pasará a ser realidad en marzo próximo, con un documento extenso, prolijo en datos y números, estrictamente fríos, que marcarán la política y la economía británicas, mucho más que la europea, en las décadas siguientes. El pueblo británico tiene derecho a la última palabra sobre su marcha de Europa conociendo las condiciones exactas de la separación y, consecuentemente, a permanecer en la Unión si los términos de su abandono son inconvenientes por inaceptables. Y eso es tan democrático como imprescindible para evitar el desastre.

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