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Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Final de época

La robotización del trabajo y el cuestionamiento de la democracia dibujan un mundo cada vez más complicado

Huele a final de época y el olor que llega no es agradable. Hay ya encima de la mesa un montón de datos que nos llevan a pensar que la Historia está empezando a virar y el panorama que deja entrever no invita al optimismo, aunque todavía nos queda mucho por saber y nadie puede adivinar dónde va a terminar todo esto. Hay dos bisagras sobre las que está girando el mundo en el que hemos vivido: la primera es el final del trabajo tal y como lo hemos conocido desde la transformación industrial de finales del siglo XIX; la segunda es la puesta en cuestión de la democracia entendida como un valor superior compartido de forma unánime en el mundo desarrollado.

El final del trabajo, del sistema laboral imperante desde hace más de un siglo, viene impuesto por la revolución tecnológica que coge velocidad a principios de este siglo y por una robotización de la producción cuyas consecuencias no somos todavía capaces de ver. Todos los teóricos coinciden en que en esta generación vamos a ver desaparecer en nuestro entorno millones de puestos de trabajo asociados a cadenas de producción y a funciones que van asumir máquinas cada vez más sofisticadas y baratas. Se van a crear nuevos empleos que necesariamente van a ser de alto valor añadido y de una enorme cualificación técnica, pero insuficientes para atender la oferta de mano de obra. ¿Está nuestra sociedad preparándose para asumir este reto? Parece que no; la educación para el futuro es uno de los grandes déficits del mundo occidental.

Mucho más claro se ve la caída de la democracia como ideal supremo de convivencia. La llegada de un personaje como Donald Trump a la presidencia de la primera potencia mundial hace que se tambaleen principios que hasta ahora creíamos inamovibles y que eran sinónimos del avance social. El nuevo inquilino de la Casa Blanca, desde la zafiedad y el pensamiento más reaccionario, está poniendo muchas cosas patas arribas, acompañado por un extraño coro que abarca desde el caudillismo postsoviético de Vladimir Putin hasta la amenaza de que la ultraderecha xenófoba conquiste dentro de unos meses la presidencia de Francia. Estamos hablando, nada más y nada menos, de Estados Unidos y Francia, las dos democracias más serias y consolidadas de las que podía presumir Occidente.

Hay muchas dudas de hacia dónde nos lleva lo que se adivina en el horizonte. Pero lo que sí se puede afirmar, por primera vez en muchísimo tiempo, es que no está claro -más bien, todo lo contrario- que el futuro vaya a ser mejor que el pasado.

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