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Filántropos

Quien escribió la palabra 'assassin' en la estatua del rey belga Leopoldo II no hizo más que describirlo

Dejando aparte a los cansinos jeremías de la decadencia de Occidente y a los oportunistas que se suman a cualquier causa que les permita retratarse como campeones de la solidaridad y el humanitarismo, aunque abracen ideologías incongruentes o incompatibles con esos mismos principios, tiene uno la impresión de que los motivos que alientan tras la oleada mundial de repulsa al asesinato de George Floyd -los insoportables ocho minutos de agonía resumen una dolorosa historia de siglos- no son del todo entendidos por quienes se limitan a condenar los actos vandálicos sin entrar en el fondo del asunto. Por una parte es evidente, salvo para los ciegos, que Colón o Churchill no merecen el mismo trato que oscuros traficantes de esclavos de los que ni siquiera sabíamos el nombre, y la imagen del pedestal del Almirante en una plaza de Florida, donde alguien a quien no se podrá acusar de luchador por la libertad ha pintado la hoz y el martillo, dice mucho de una confusión que va más allá del anacronismo. La batalla de las estatuas, como la de los nombres de las calles y otras asociadas a la recurrente polémica sobre los lugares de la memoria, precisa de razones que no pueden apoyarse en visiones unívocas de la Historia, pero hay casos que no admiten ninguna duda y por citar un ejemplo claro nos referiremos al del rey belga Leopoldo II. Quien escribió la palabra assassin en la peana de la estatua ecuestre del tirano en Bruselas no hizo más que describir, con precisión irrebatible, el juicio que merece el responsable de diez millones de muertos en el inmenso territorio que entre 1885 y 1906 explotó como una finca privada. La terrible historia de sus atrocidades en el Congo la cuenta Adam Hochschild en un libro de obligada lectura, El fantasma del rey Leopoldo, que se publicó entre nosotros con un prólogo de Vargas Llosa y es anterior a la novela, El sueño del celta, donde él mismo recreó las peripecias de uno de los valientes, el irlandés Roger Casement, que pusieron al descubierto la odiosa impostura de un monarca que mientras masacraba sin piedad a los nativos centroafricanos se exhibía ante el mundo como un delicado filántropo. Decía con razón Vargas que el rey belga -"una inmundicia humana"- debería figurar junto a Hitler y Stalin entre los criminales políticos más sanguinarios del siglo XX. Mientras del cabo satánico no queda rastro de ninguna clase, no se comprende que Leopoldo siga recibiendo honores en Bélgica y menos aún que en Rusia se alcen monumentos en los que vuelve a verse -sin que ello parezca molestar a muchos de los indocumentados que nos dan lecciones de humanidad- el repugnante rostro del padrecito.

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