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Cualquier profesional que inicie su andadura lo hace practicando, probando, desvirgándose con gente del entorno, amigos y familiares, vecinos y consanguíneos que, motivados por la buena voluntad y la necesidad de ahorrar costes y desde la convicción de la justa gratuidad, ponen en manos del novel el asunto en cuestión. Y los principiantes, halagados y agradecidos, se desviven por copar las expectativas, con atención, interés y ganas, convencidos del efecto de las recomendaciones venideras, se repiten a sí mismos que el favor de hoy, será inversión de futuro.

El problema viene cuando ello no tiene límite, cuando se tira de favores eternamente, cuando buscamos al cercano para poner en sus manos el marrón, en la certeza de que la cercanía y el compromiso emocional hará que nos salga gratis. Esos pactos se extienden más allá de los inicios, y aquellos con trienios y quinquenios acumulados y consolidados también se enfrentan a los favores forzados, a los compromisos incómodos.

Ya saben, la vecina esteticien-esteticista que empezó cortándonos las puntas y el flequillo en el cuarto de baño, el MIR que nos diagnosticó por WhatsApp, el niño del portero que nos recurrió la cláusula suelo, y así unos y otros tiramos de conocidos, ahorramos y ellos se curten. No deberíamos perder de vista que todo ello puede volverse en contra, porque tal vez hayan constatado que los favores y la gratuidad nos lo pone más complicado a la hora de exigir. Que aquellos trasquilones, la reacción alérgica a la crema indicada vía móvil o los escritos fuera de plazo, no dan derecho a depurar responsabilidades.

Todos, absolutamente todos, nos hallemos donde nos hallemos nos hemos visto en alguno de ambos roles. Obligados a dar soluciones a las peticiones de los de cerca y los satélites y, encargando cuestiones a quienes por cercanos - reales o forzados por referencias- nos hacen un favor.

El síndrome del recomendado existe, claro que existe. Y claro está igualmente que nos lo pone complicado a la hora de pedir explicaciones, de exigir. Pudiera ser que, valorando nuestros conocimientos, los pongamos en valor, adquiramos la capacidad de afrontar el asunto de sus costes, frente a jetas y gente de bien, que con tono suavón y capcioso plantean el ya me dices si se debe algo. Y ahí, con un nuevo espíritu por estrenar, despleguemos un innovador discurso con el que sepamos trasladar al de enfrente, que el coste nos legitima a unos y otros para desarrollar lo que pueda venir. Desde la profesionalidad y la integridad de sendos perfiles, desmenucemos a conciencia y con ética el concepto de los favores.

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