Con la venia, señor director, inicio el año saludando al tendido y agradeciéndole -sabe usted que soy un yonki del papel impreso en rotativa- la dispensa de estas semanas en las que han coincidido dos sábados sin papel en la calle. Escribir aquí todas las semanas es una servidumbre, hay que sentarse y escribirla, no se escribe sola; elegir tema es lo de menos porque esto es una columna río donde cada semana saco un poco más de agua que va a parar al mar, que es el morir; o sea: en esta servidumbre ustedes, me lean o no, son el predio sirviente, y yo soy el fundo dominante que busca paso para ciertas ideas, una salida al camino público más cercano por el trayecto más corto, y hay semanas que se pone cuesta arriba.

Esta lo es. La primera de enero -ya saben, Jano bifronte que mira al pasado y al futuro, apoyao en el quicio- y dan ganas de quedarse en el umbral. Ya crucé el año pasado la puerta del infierno -que es de doble hoja con un pequeño ojo de buey cada una, lo justo para ver si viene alguien de frente por el otro lado y no tropezar con las batas blancas que entran y que salen- y se atisba en el que viene otro infierno con más bocas que el metro de Moscú.

Catorce de esas bocas las definió Eco como síntomas del Ur-fascismo, un fascismo eterno -dice- que puede coagular con la sola presencia de uno de ellos: tradicionalismo; irracionalismo; acción por la acción; segregación del disidente; miedo a la diferencia; frustración como caldo de cultivo de la mayoría; nacionalismo como refugio identitario y complot como adhesivo social; rencor por los bienes de los otros, sean materiales o culturales; vida para la lucha; elitismo de masas; heroísmo; machismo; populismo cualitativo; neolengua. Fijo que hay más entradas para este viaje hacia lo más profundo del infierno cuyos dos últimos círculos son el fraude y la traición, deportes predilectos de los pisamoquetas que dicen gobernarnos.

Porque esto que estamos viendo, viviendo, no es gobierno, es pastoreo; pongamos por ejemplo el fachaporte: se entiende que se separen infectados de no infectados -como en Nueva Zelanda- para cortar la transmisión, pero separar vacunados de no vacunados imponiendo un salvoconducto que limite movimientos, además de no servir para nada, es más fascista que la faja de Benito. Ahí está la diferencia entre los diez muertos por millón del país de los kiwis y los 1900 de Francia y España que, aunque puedan parecer iguales, no lo son: entre Macron y los veinte presidentes de España el fascismo es el mismo, pero Emmanuelle es uno y no esconde la mano. La grandeur.

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