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Europa

En todos los países europeos, los enemigos de la Unión han reunido a lo peor de cada casa

De manera paradójica o quizá no tanto, el debilitamiento de la controvertida alianza atlántica, decisiva en la configuración del orden mundial de la posguerra, ha sobrevenido tras la desaparición del bloque soviético, que fue durante largas décadas el principal enemigo de las sociedades occidentales. El pasado abril se cumplieron setenta años de la firma del tratado de Washington y muy pronto, en noviembre, habrán pasado treinta desde la caída del muro de Berlín, pero en el incierto ahora las dos fechas -para los más jóvenes, la Guerra Fría evoca una época remotísima- resultan igualmente lejanas. La ya no indiscutida supremacía global de Norteamérica, que pareció definitivamente consolidada en los noventa, se enfrenta hoy a desafíos colosales, en un panorama internacional mucho más inestable que impide hacer pronósticos a medio plazo. La creciente importancia del llamado eje Asia-Pacífico ha desplazado a Europa, más que nunca el viejo mundo, a una posición marginal en el tablero geoestratégico, pero la verdadera batalla, para los europeos, no tiene tanto que ver con las hegemonías de antaño como con la preservación de unos principios y un modo de vida que son cuestionados por las superpotencias emergentes -Rusia y sobre todo China, gigantes que no se imponen limitaciones de ninguna clase- y por un segmento cada vez mayor de la propia ciudadanía del continente. Aunque el gen democrático de los padres fundadores hace que sea impensable una regresión duradera, la moderna peste del nacional populismo ha infectado los Estados Unidos y envenena a sus aliados de la mano de notorios ideólogos afines, socavando los fundamentos de una comunidad que con todas sus insuficiencias sigue estando a la cabeza en materia de convivencia, igualdad, derechos y libertades. Las burdas soflamas de los nacionalistas impugnan las instituciones comunitarias y el proyecto de la integración europea como si fueran el Leviatán que amenaza las esencias patrias, pero el verdadero peligro son ellos y sus agrias bravatas, que exhalan el inconfundible hedor del autoritarismo en cualquiera de sus encarnaciones históricas. Más allá de las singularidades nacionales y de las creencias o de la tradición política de las que uno se sienta heredero, hay valores compartidos que merece la pena salvaguardar, aunque parezcan -no lo son- conquistas irreversibles. No habitamos el paraíso, pero sabemos de dónde venimos, adónde no queremos volver. Y al margen de las militancias, de las filias y fobias personales, los escépticos nos lo ponen fácil: en todos los países europeos, los enemigos de la Unión han conseguido reunir a lo peor de cada casa.

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