Del mes de Jano, el de las dos caras, al de Juno hemos pasado en un cerrar y cerrar de ojos y de postigos -ni ganas de abrirlos-, y al mismo tiempo ha sido una eternidad; si nos asomamos a la última semana de junio del año pasado, cuando les escribía sobre el verano como el tiempo verdadero, pareciera que les escribiera desde otro siglo, desde otra galaxia, desde un universo paralelo que apuntaba a un futuro que no era esto que estamos viviendo. Bueno apuntar seguro que apuntaba, porque el futuro -cuando llega- nunca es lo que era, pero el maldito pasado siempre contiene los hilos que nos traen al presente, o dicho sea de otro modo: a cojón visto, macho seguro. Es más fácil demoler que proyectar. El camino de la certeza al derribo es una avenida franca y llana, la senda del proyecto a la construcción es un mar de dudas que en el mejor de los casos puede alcanzar un frágil equilibrio más o menos efímero. Ventajas de estar en la ruina: no se puede derribar una ruina, como no se puede restituir lo que nunca existió.

En términos de poder es irresistible la pulsión del dinamitero: el esfuerzo de la construcción contiene el riesgo del error, pero sobre todo el peligro de que una vez concluida la obra, las dudas y errores del proceso sean la escala de ascenso al gobierno del adversario; sin embargo se hace muy cuesta arriba plantarle cara al que gobierna desde la cima de una montaña de escombros. Todo edificio tiene sus valores y tiene sus fatigas, y de la ponderación de unos y otras nacen las propuestas de conservación y/o de reforma cuando hay valor o, en el caso de que el valor sea despreciable o menor de lo que vale el esfuerzo de mantenerlo en pie, la propuesta de derribo.

La falta de rigor en estos asuntos trae resultados al filo de lo imposible, por ejemplo aquí en Córdoba, se logró la proeza de derribar una ruina -el palacio de Maximiano Hercúleo- para meter una estación de tren de alta velocidad que ahora quieren circunvalar, porque parece que estorba. Lógico en un país donde las huellas de nuestro pasado son restos -desperdicios- que aparecen -por arte de biribirloque- en medio del camino del progreso -hacia la vidorra padre de gañanes y cagabandurrias-. El edificio que se somete a evaluación hoy es nuestra Constitución, con sus valores y sus fatigas. Una casa que merece que todas sus estancias puedan ser habitadas: todos los derechos y todos los deberes sin excepción. Para ello van a ser necesarias obras de conservación y de reforma: es necesario ver los planos y presupuestos encima de la mesa para que pase el estío, que no es verano, sino calor ardiente, agitación del mar, vehemencia de pasiones.

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