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Un día en la vida

Manuel Barea

mbarea@diariodesevilla.es

Enaltecer

En una democracia normal, quien quiera hacerlo debería ser libre para admirar a tipos siniestros y abyectos

En una democracia normal enaltecer a un cabrón, y a lo que significó y aún sigue significando para algunos, no debería ser un delito. En una democracia normal, es decir, en una democracia bien cimentada, curtida y sin miedos, la gente -quien quisiera hacerlo- debería tener la libertad de admirar a tipos siniestros y abyectos, y su derecho a expresarlo a viva voz o por escrito no debería ser cercenado. Es más, en una democracia normal, o sea, fuerte, sólida -hay que insistir: sin miedos-, la gente que así lo deseara debería tener garantizada la posibilidad de manifestar en público su ansia de que la historia diera un vuelco y sufriera una regresión y el gobierno del país estuviera de nuevo en manos de un autócrata y sus secuaces. Sólo en una democracia fallida, erosionada por dirigentes ocupados en "mantener a la población en estado de alarma, amenazándola con una interminable serie de dudas, todas imaginarias" (H. L. Mencken), iría aumentando, en vez de menguar, el número de estas personas.

Y por contra, si en vez de ensalzar, en una democracia normal, no fingida, ni adoptada ni soportada, ni manipulada por unos y otros según les van yendo las ganancias, se prefiriera despotricar de Dios -en cualquiera de sus múltiples figuraciones-, de la Patria, del jefe del Estado -fuese rey o presidente republicano-, del Gobierno y sus ministros, del Parlamento y sus diputados, del Ayuntamiento y sus concejales, de los partidos, de la Policía y del Ejército, de los bancos y de las ONG, del Hombre y de la Mujer, de los viejos y de los niños y de la playa y del monte y de los perros y de los gatos y de los toros y del fútbol, tampoco sería juzgado sumariamente y no habría que estar todo el tiempo pidiendo disculpas porque, por supuesto, no sería censurado.

En una democracia normal estaría clarísima la diferencia entre la comisión de un delito y el ejercicio del ridículo. Un gobierno incurre en lo segundo cuando trata de hacer pasar por lo primero, y además imponiéndolo, precisamente eso: una ridiculez. Hacer el ridículo -actividad por cierto cada vez más en boga en no pocas cámaras legislativas- no debería estar penado en una democracia normal. Si así fuera, el país entero sería una cárcel y todos estaríamos en chirona, incluido el alcaide de la prisión. Desde hace muchos años, la noche de cada 20-N, bajo la ventana junto a la que trabajo, un grupo de personas se reúne y, a mi juicio, hacen el ridículo con un acto de enaltecimiento. Pero son libres de hacerlo. Y deberían seguir siéndolo. En una democracia normal.

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