Llevo mucho tiempo sin ir a un mitin, cuestión que me reprueban -con razón- algunas de mis amigas y amigos. Profundizando en eso de los mítines, y tirando del sentido que éstos tienen, una de estas noches llegué a la conclusión de que hay otros discursos, en otros contextos, con otros tonos, que también te llevan a la reflexión, a la empatía, a la necesidad de reactivar. Sin colores, sin banderas, ni símbolos, ni logos, pero que son los que colorean las convicciones, los compromisos.

Esta semana volví a un concierto de un cantautor que marcó mi juventud, los años de facultad, volví y lo hice acompañada de quien me acompañaba entonces. La sensación es fácilmente previsible, nos sentamos, lo saboreamos, lo disfrutamos pero pronto concluimos que no somos los mismos de aquellos conciertos de principios de siglo. Que ya no lloramos de emoción, que la etapa groupie la superamos, que pese a la emoción controlada, nada tenía que ver ya con aquella pasión desenfrenada, ese perder los nervios por un autógrafo, ese gritar hasta quedar afónicos, ya no lo hacemos. Y así pasamos buena parte de la noche, divagando, entre la evolución y la involución, desmenuzando lo de perder ilusiones, lo de desechar objetivos vitales, lo de atenuar tanto las ganas de gritar como las de cambiar el mundo. Si es el mero transcurso de tiempo, ya saben, lo de madurar o simplemente crecer. En qué momento se diluyeron las aspiraciones y los sueños, cuándo nos dejamos por el camino lo de creer que podíamos con todo, cuándo terminamos con los días de vino y rosas...

Pero de repente, después del concierto de aquel que fue ídolo -o lo más parecido-, después de cenar a su lado sin hiperventilar, después de invitarlo a chicharrones, terminamos en un garito de los de antaño descubriendo voces, letras, mensajes. Resultó ser el conciertazo de la noche, el mitin más allá de los tweets -que también lo son-; escuchar un discurso con carga política y social tras una melodía que sonaba más que bien. Calladitas no estamos más guapas, cantaba Laura antes de entonar Imagine. Y entre coplas y rock asistimos a nuestro último mitin.

Al final, el efecto fue el mismo. Escuchar mensajes que te zarandean, que te dejan dándole vueltas a lo que haces, a cómo lo haces, a si estás haciendo todo lo que puedes por lo quieres. Discursos acompasados que te dejan por un momento noqueado, y para salir de ahí, aún tenemos pendiente mucho de autocrítica. Una gran noche de música. Una gran noche mitinera.

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